En
esa época Sam Gamyi era poco más que
un niño grande atravesando los últimos
años de la irresponsable veintena,
aunque de habernos oído habría protestado:
él se consideraba todo un hobbit,
hecho y derecho: volvía al hogar luego de pasar dos
años como cordelero aprendiz
en casa del tío Andy y miraba las viejas y queridas aldeas
de Hobbiton y
Delagua con nuevos ojos: todo le parecía más
pequeño, y él se sentía adulto.Fue
en La Mata de
Hiedra donde se
encontró con los hermanos Coto. No era
Sam el único que había dado el
estirón: Tom y Alegre Coto se habían
transformado en dos robustos muchachones, bronceados y tonificados por
los
rudos trabajos de la granja.
–¡Sam
Gamyi, viejo holgazán! ¿Estás de
regreso?
–lo saludaron.
–Así
es, he vuelto a poner un poco de
orden en estas aldeas, chicos –dijo él–.
¿Cómo os habéis arreglado en mi
ausencia?
–¡Nadie
la ha notado! –rió Tom, que
tenía la misma edad de Sam y había sido un buen
compañero de juegos y
excursiones–. Pero no has llegado un minuto demasiado tarde:
necesitamos brazos
fuertes para la cosecha.
–Es
tu oportunidad de ganarte unas
monedas de plata, Sam. Todo está listo: venimos de comprar
hojas nuevas para
las guadañas, y papá Coto ha
puesto a punto el resto de las herramientas.
Sam
dio un respingo en su asiento.
–¿Trabajar
en la granja, con este calor?
Lo siento, amigos, pero debo ayudar a mi padre con el jardín
de los Bolsón.
Lo
cual no dejaba de ser cierto: el
viejo Ham a duras penas se las había arreglado solo en los
últimos dos años, y
no lo habría logrado si Halfred, uno de sus hijos mayores,
no le hubiera dado
una mano; el jardín de Bolsón Cerrado era el
puesto natural de Sam, y a él
había vuelto con alegría.
Pero
la verdadera razón para excusarse
era que las labores del campo le parecían un suplicio mayor
de lo que un hobbit
normal podía soportar; sólo los hermanos Coto
eran capaces de conservar su buen
humor ante la perspectiva de pasar los próximos meses de
verano trabajando a destajo
bajo el sol.
–Oh,
pues nada, entonces –dijo Alegre,
un tanto decepcionado–. Es evidente que sigues siendo el
mismo flojo de
siempre. Ahora entiendo por qué hace tantos años
que no apareces por la granja
y sólo te vemos en las posadas.
En
ese momento una muchacha atravesó la
puerta. Una muchacha de amplia cabellera castaña, repleta de
bucles, cuya
silueta se recortó un instante contra la luminosidad
abrasadora del exterior
para sumergirse luego en la fresca penumbra de la sala.
–Ah,
chicos, aquí estáis –saludó
jovialmente–.
¿Habéis ya encargado la cerveza?
–Estábamos
por hacerlo...
–¡Posadero!
¡Nuestras dos cubas de
cerveza! –exclamó ella con voz cantarina.
–Rosita,
éste es Sam, ¿te acuerdas de
él? Sam Gamyi.
–Hola,
Sam –dijo ella, y le dedicó una
sonrisa que pareció llenar toda la estancia.
–Nuestra
hermana Rosita.
–Ho...
hola, Rosita –balbució Sam.
De
inmediato volvieron a su memoria
momentos dorados de la niñez transcurridos junto a los
hermanos Coto y muchos
otros críos de Delagua. Pero en ese entonces Rosita era una
niña de narices
sucias. Jamás la habría reconocido.
–Vamos,
remolones, os espero en el
carro.
Diciendo
estas palabras, la muchacha
salió de la posada tan diligentemente como había
llegado, aunque Sam siguió
viendo sus grandes ojos oscuros durante un buen rato, flotando en el
preciso
lugar donde habían estado sonriéndole.
–Bueno,
amigo Gamyi, hasta pronto –dijeron
los hermanos Coto apenas el posadero los hubo provisto de sus cubas de
cerveza.
–¡Esperad
medio instante! –exclamó él
saliendo de su ensimismamiento; parecía haber estado
sopesando importantes
cuestiones–. Me habéis convencido. Voy con
vosotros.

—
Como
probablemente habéis imaginado, Sam
se había rendido –según suele
decirse– a primera vista. Era la primera vez que
le sucedía algo parecido, y se sentía muy raro:
como una especie de vacío en el
estómago y lleno en el corazón. De pronto no
existía nada más en el mundo –o en
su cabezota de hobbit– aparte de aquella radiante jovencita
de ojazos café que
había revoloteado un instante delante de él.
Hizo
el viaje hasta la granja de los
Coto completamente embobado. Rosita iba en el pescante junto a Tom,
mientras
que Alegre y él se habían ubicado en la caja, con
las provisiones. No hacía
otra cosa que contemplar a Rosita, pero tampoco se atrevía a
decir una sola
palabra.
–Qué
bueno que decidiste venir. ¿No le
avisarás a tu padre? –le preguntó
Alegre. Tuvo que repetirlo dos veces para que
Sam lo oyera.
–¿Eh?
Oh, le escribiré una carta.
–¿Sabes
escribir? –exclamó Rosita con
admiración, volviéndose.
El
rostro de Sam se encendió.
–Sí,
me enseñó el señor Bilbo hace
años
–musitó cohibido.
–Pero,
¿cómo hará el Tío
para entenderla?
–Oh,
no es problema. El señor Frodo se
la leerá.
Eran
los últimos días de julio y el ardiente
estío arrancaba de los labrantíos
preñados de mieses todo tipo de aromas que
perfumaban el aire. A medida que el carro abandonaba la aldea de
Delagua y se
acercaba a la granja, Sam lamentaba más haber salido de casa
sin el sombrero:
el señor Bilbo lo hubiera reprendido. Le parecía
que el Sol le atravesaba la
espesa cabellera ensortijada y cocinaba a fuego lento sus sesos.
Saberse acalorado y desaliñado ante Rosita Coto no mejoraba las cosas: la vergüenza lo hacía transpirar más aun. Pero una sensación más intensa lo borraba todo: la de flotar en el aire, como en alas de aquella hermosa criatura élfica que iba en el pescante.

—
–¡Muy
bien! ¡Atención todos!
–vociferó
el Granjero
Coto ante la cuadrilla
reunida. Apenas apeado del carro, y sin salir aún de su
aturdimiento, Sam se había
encontrado empuñando dos bastones que le habían
arrojado mientras lo espoleaban
junto a un grupo de campesinos–. ¡Tres
días! ¡Tenemos tres días para
desmalezar
el campo de trigo, lo que nos permitirá comenzar a segar el
heno para el día
siete, y terminar a tiempo para la cosecha, que debe iniciarse sin
falta los
primeros días de agosto! ¡No hay que retrasarse!
¡Energía, y tesón! Han sido
provistos de un palo con una horquilla, y otro con una hoz, el equipo
completo del
desmalezador. Deben arrancar todas las plantas que amenacen invadir los
cultivos de grano. La zona que nos interesa comienza en la colina del
sauce, y
termina en la confluencia del arroyo con el camino –el
Granjero
Coto señalaba con gestos ampulosos y agitaba una vara
mientras
se paseaba de aquí para allá, examinando a sus
jornaleros–. Espero que cada
quien cubra medio acre por día. Deben alimentarse bien, y
cuidarse del sol. A
propósito, ¿quién es ese hobbit
allí sin sombrero?
Un
murmullo de risas recorrió las filas.
–Soy
yo, señor Coto: Sam Gamyi.
–Sam,
hijo, necesitas un sombrero o te dará
un tabardillo. ¿En qué cabeza cabe venir a
trabajar al campo sin sombrero? –las
risas se transformaron en sonoras carcajadas.
Para
evitar el embarazo que le
ocasionaban las burlas, Sam resolvió concentrarse en el
trabajo. Estaba
decidido a hacer las cosas lo mejor posible y destacarse del hato de
campesinos
socarrones que lo rodeaban, en la esperanza de impresionar de alguna
manera al Granjero
Coto, y tal vez a Rosita.
Los
desmalezadores se habían formado en
línea, y quedaba al cuidado de cada uno una larga franja, de
no más de seis
pies de anchura, que se extendía hasta el arroyo
allá abajo. Sam agachó la
cabeza y su mundo pasó a limitarse al trozo de tierra debajo
de sus pies.
Implacablemente detectó y extirpó cuanta
cizaña se hubiese entrometido en el
trigal; avanzaba sin descanso, desentendido de todo, y pronto
dejó atrás al
resto del grupo. Pero tras dos horas de denodada labor los efectos del
sol y el
calor sofocante se hicieron sentir. Descubrió que estaba
terriblemente
sediento, y que casi no podía abrir la boca reseca.
Alzó la vista y se encontró
en medio de un enceguecedor mar de hierba amarilla que le llegaba a la
cintura;
a lo lejos se asomaban los atareados cuerpos de los trabajadores, y
más allá se
recortaba la silueta de la casa de Coto, las parras del patio, el
aljibe. De
pronto una brisa sutil le trajo las voces risueñas de
muchachas que cantaban, y
descubrió con un brinco del corazón que se
trataba de Rosita y sus amigas,
quienes recorrían las filas de jornaleros ofreciendo
limonada.
Una
oleada de ternura y gratitud
traspasó a Sam, que quedó extasiado ante la
visión de aquellas muchachas de camisas
radiantes y amplias faldas. Luego lo dominó la expectativa
de que llegaran
hasta él, y –reanudando el trabajo para no parecer
un holgazán– anticipó una y
otra vez en su imaginación el momento en que Rosita se
acercaría, lo miraría, y
le alcanzaría el refresco. La ansiedad no lo dejó
concentrarse en el trabajo
con la horquilla, y debió limitarse a un lamentable
simulacro de actividad. Las
voces se acercaban, pero de pronto un bullicio en la tranquera dio al
traste
con la tensión creciente del encuentro. Había
llegado a la granja un carromato,
y su ocupante saludaba a los gritos. Todos se volvieron a un tiempo.
–¡Es
el primo Ricino! –exclamó Alegre
Coto.
El
entusiasmo se extendió entre las
muchachas.
–¡Prima
Rosita! –gritó el recién
llegado–.
Ven aquí, pimpollo, ¡aquí
está Ricino!
Para
consternación de Sam, que aún no
había podido digerir lo de pimpollo,
Rosita
dejó la jarra de limonada al cuidado de las otras muchachas
y con una sonrisa
acudió al encuentro de su supuesto primo.
A
los abundantes apretones y palmadas de
los muchachos sucedió una efusiva escena de
cariño que puso a prueba la presencia
de ánimo de Sam: Ricino tomó a Rosita del talle,
la alzó en vuelo y la hizo
girar en torno suyo al tiempo que reía y le decía
que estaba hermosa.
Un
furor volcánico se desató en el pecho
de Sam. Había quedado paralizado, y empuñaba la
horquilla como si estuviera a
punto de arrojarla a guisa de proyectil contra el primo Ricino.
Tan
absorto estaba en la escena que no
había advertido la presencia de las muchachas a su lado.
–Te
pregunté si querías un refresco –le
estaba diciendo una sonrosada hobbit mofletuda.
–¿Eh?
Oh, sí, mil perdones –se disculpó
Sam.
–Tenemos
limonada, agua de cebada, y agua
sola.
–Me
da lo mismo.
Tomó
el cuenco que le ofrecían y se lo
llevó a los labios, aunque el desencanto era tal que la
limonada le supo a
hiel.
–Gracias
–murmuró, lúgubre.
Junto
al carro de Ricino el escandaloso
jolgorio continuaba.
–¡Aún
quedan cuatro horas de luz! –decía
Tom–. Cámbiate y ven a trabajar.
–No
hoy –dijo Ricino–. El viaje ha sido
agotador y necesito descansar. Pero mañana me
tendrás firme en mi puesto,
primo.
“¡Zángano!”,
exclamó Sam para sus
adentros.
–Rosita,
conduce al primo Ricino a su cuarto
–ordenó el
Granjero Coto.
Y
allá se fueron los dos, alegres como
tórtolas, haciendo caso omiso de la tragedia de Sam, que se
hundía rápidamente
en el pantano de la desolación.
–¿Qué
estás haciendo aquí, Sam Gamyi?
–barbotó en la soledad del trigal–.
Sólo eres un pobre tonto que debería estar
en casa ayudando a su padre.
—
Las
cosas no mejoraron al caer la noche.
Sam tenía esperanzas de ver a Rosita y conversar con ella
durante la cena,
cuando el grupo se reducía a la familia y los amigos
llegados desde lejos. La
mesa que se tendió era larga, pero Sam se las
ingenió para estar al acecho,
demorar el momento de sentarse, y hacerlo cerca de la muchacha cuando
ella y
sus amigas se ubicaron en la punta más alejada de la
cabecera. Pero desgraciadamente
el Granjero
Coto, que sentía una gran
estima por Sam y su padre, llamó al muchacho a su lado, y
éste no tuvo más
remedio que abandonar el lugar que con tanta dificultad
había logrado, para ir
a sentarse junto a él. Lo peor del caso fue que el primo
Ricino aprovechó la
ocasión para ofrecerle intercambiar puestos, y
terminó ocupando muy ufano el preciado
lugar junto a Rosita.
Mientras
Sam avanzaba cabizbajo hacia la
cabecera de la mesa, Coto explicó en voz alta que el joven
Gamyi era un hobbit
muy culto que había aprendido historias y canciones antiguas
de boca del señor
Bolsón, algunas de ellas en el idioma que hablaban los
elfos. Un murmullo
aprobatorio recorrió la mesa y todos los ojos se posaron en
Sam, lo que le provocó
no poco embarazo. Al menos –pensó– el Granjero
Coto le estaba dando la oportunidad de lucirse a los ojos de su hija, y
demostrar que era más que un palurdo con una azada; no
debía desaprovecharla.
La
señora Azucena fue la primera en
notar que el muchacho estaba completamente insolado.
–¡Cielos,
Sam! ¡Tienes el rostro encendido
como una brasa! Jamás vi algo así.
¿Cómo puedes estar aún en pie?
–El
muchacho ha estado trabajando al sol
todo el día sin nada que le cubriese la mollera
–comentó Coto sacudiendo la
cabeza.
–Eso
me trae a la memoria lo que le ocurrió
a Bembo Barrancos en el año cuarenta
–terció el abuelo Hob, un viejo amigo de
la familia, con su voz cascada de centenario y su sonrisa
pícara–. Han pasado
más de setenta años, pero puedo verlo como si
estuviese sucediendo ahora mismo…
–se interrumpió debido a lo que pareció
un ataque de asma.
–¿Te
sientes mal, abuelo?
–Está
llorando –opinó Alegre.
El
abuelo Hob sólo era capaz de emitir
espaciados y débiles jadeos, y de secarse con un
pañuelo las lágrimas que le
caían abundantemente por las mejillas.
–Se
está riendo –sentenció sabiamente el Granjero
Coto.
–¡No
puedo parar de reírme! –confirmó el
anciano con voz entrecortada.
–¿Qué
fue lo que sucedió con Bembo,
abuelo? –preguntó Alegre, contagiándose
la hilaridad, como todos los presentes.
Pero
era en vano. El viejo Hob fue
incapaz de contar el cuento. Lo único que pudieron
sonsacarle fue la
exclamación: “¡Colorado como una
amapola!”, que alcanzó a proferir de corrido al
contemplar a Sam, antes de entregarse a una acceso de vigorosas
convulsiones.
Realmente
Sam comenzaba a sentir un
ardor indecible en la cara, y la cabeza se le partía de la
jaqueca. Pero cuando
se sentó y tomó las primeras cucharadas de sopa,
lo que dominó su espíritu fue
una invencible modorra. Hizo esfuerzos desesperados por mantener los
ojos
abiertos, pero los párpados se le caían con un
peso abrumador, y cuando todos
esperaban que recitase algún poema élfico
comenzó a cabecear de manera poco
elegante. Sabía que estaba a punto de cometer el
papelón más grande de su vida,
pero el sueño era muy superior a sus fuerzas. Lo
último que alcanzó a oír, como
llegando desde el fondo de una cisterna, fue la voz del primo Ricino,
que se
adueñaba de la conversación.
–A
propósito de poemas y viejas leyendas
–decía–, durante la reciente fiesta de
Lithe en El Cruce me han aplaudido a
rabiar cuando entoné una antigua canción sobre
Los Arqueros de la Comarca. Desde
chico he sobresalido en el recitado; la gente sencillamente me adora
cuando lo
hago, no sé por qué será. Si gustan,
puedo cantarla.
Todos
festejaron con muestras de interés
tal ofrecimiento. Eran gentes de campo, no demasiado instruidas; como
tales, estimaban
la poesía y siempre se mostraban ávidas de cosas
nuevas. Sam alcanzó apenas a
correr el plato de sopa antes de desplomarse dormido sobre la mesa,
desoyendo la
voz angustiosa y lejana que le pedía a gritos que
interviniera. Allí lo dejaron
un rato, y luego, en vista de que no sólo no despertaba sino
que incluso había
comenzado a roncar, los hermanos Coto lo tomaron de piernas y brazos y
lo
llevaron a su cuarto en medio de las chanzas de los presentes. A pesar
del
zamarreo del que fue víctima, el rendido hobbit no
llegó a tener conciencia de
lo que sucedía.
—
Sam
se despertó bastante antes del alba,
acicateado por el hambre y sintiéndose fuerte otra vez,
aunque la piel del
rostro le tironeaba tanto que no se atrevía a hacer la menor
mueca.
–Dime,
Tom, ¿qué ha sucedido anoche? –se
decidió a preguntarle a su compañero de cuarto
apenas éste se hubo levantado.
–¿Anoche?
¡Pero si fuiste el alma de la
fiesta! Hacía tiempo que no nos reíamos
así –dijo el hijo mayor de Coto,
divertido–. Te quedaste dormido en la mesa, y como comenzaste
a roncar muy
fuerte te trajimos a la cama –agregó.
–¿A
roncar? ¿En la mesa?
Sam
se sentó y bajó la vista, sin deseos
de nada.
–¡Vamos
a desayunar! –lo palmeó Tom–. El
Granjero nos quiere a todos afuera antes que cante el gallo.
–Espera
un minuto –reaccionó Sam,
recordando un detalle crítico–. ¿No
podrías conseguirme algo para cubrirme la
cabeza? Otro día bajo el sol y los sesos se me
terminarán de achicharrar.
Tom
se rascó la barbilla, pensativo.
–Vaya,
la verdad es que no nos queda
ningún… Aunque, tal vez,
¡sí, creo que sí! ¿Cualquier
sombrero te sirve?
–Por
supuesto –suspiró Sam–. No voy a andar
con remilgos en estas circunstancias.
–Entonces,
creo que puedo conseguirte
algo. Tú ve a desayunar: te alcanzaré en el
cobertizo.
La
señora Coto había madrugado también;
un enorme caldero con el té canturreaba al fuego, y la mano
experta de la esposa
del granjero sacaba del horno fragantes panecillos que las muchachas de
la casa
repartían en el cobertizo a los voraces jornaleros.
Con
sumo regodeo Sam dio cuenta de su
ración, y enseguida partió en busca de las
herramientas. El
Granjero Coto ya estaba
allí ordenando las partidas; cuando Sam se
acercó a recibir sus instrucciones, le dijo:
–He
visto, joven Gamyi, que has
desmalezado toda tu franja. Así me gusta. Terminaste en un
día lo que se
esperaba que hicieses en tres. El Tío tiene suerte de contar
con un asistente
de tu talla.
–Gracias,
señor –dijo Sam ensayando una
pequeña inclinación de cabeza–. La
cizaña estaba realmente crecida. Tal vez
hubiese sido mejor arrancarla un tiempo antes.
–No
hubieses sabido reconocerla. –El Tío
sonrió mirando el horizonte–. Tienes que
darles la oportunidad de que prosperen y demuestren llegada la hora si
son
trigo o cizaña.
Hizo
una pausa, y en el rostro del
granjero Sam entrevió la virtud de una paciencia ancestral.
–Hoy
comenzarás a segar el heno–
continuó diciendo Coto-. El terreno está pasando
aquella loma, y se extiende a
un lado del camino. ¿Has hecho esta tarea alguna vez?
–No.
Pero sé manejar hoces pequeñas, de
jardín.
–Bien:
aquí lo hacemos formando parejas.
Uno maneja la guadaña, el otro recoge el heno y arma los
haces. Te conseguiré
un ayudante.
Se
volvió y examinó a los muchachos que
se daban cita en el cobertizo. Entre ellos apareció radiante
el primo Ricino,
que terminaba de limpiarse la boca y se desperezaba con un amplio
saludo a toda
la creación.
–Ricino,
ven aquí. Trabajarás con Sam.
–Como
digas, tío.
–El
arte de segar la hierba –comenzó el Granjero
Coto– es sencillo, pero si actúas
como un mentecato te pasarás la vida sin dominarlo. Si crees
que es cuestión de
darle fuerte a la guadaña y abrirte paso a golpes en la
espesura sólo lograrás
romperte la espalda, despellejarte las manos, doblar la hoja de tu
guadaña, y
la hierba se reirá de ti. No –dijo Coto haciendo
una pausa dramática y agitando
el índice ante las narices de sus dos aprendices–.
Segar el heno es como bailar
con una muchacha, como tocar el violín. Es un equilibrio, un
ritmo, debes
hamacarte sin prisas, acompañar sin forzar. Cubres el pomo
del bastón con la
mano izquierda, lo sujetas con la derecha a media altura, y mantienes
el cuerpo
firme como el acero, pero flexible como el junco. La guadaña
en tus manos debe pendular
independientemente de tu cuerpo, y a medida que recorre su camino de
ida te
balanceas sobre tu pie izquierdo, das medio paso con el derecho,
vuelves, te balanceas
hacia la derecha, avanzas medio paso con el izquierdo, y todo el tiempo
la hoja
está a la misma altura del suelo, segando como por encanto,
sin demandarte
ningún esfuerzo, y tú siempre igual, siempre
igual, con la regularidad de las
paletas de un molino golpeando el agua, hasta que ya no piensas en lo
que
haces, y sigues avanzando durante horas, una parte de ti concentrada en
la
tarea, la otra perdida en quién sabe qué, muy
lejos de allí…
Los
ojos del Granjero
Coto habían cobrado un aire soñador. Era evidente
que veía
en la faena de segar el heno más que un trabajo: el ritmo
monocorde de la
guadaña le proporcionaba momentos de sencilla felicidad.
Sam,
que lo había escuchado con mucho
interés, ya estaba deseando poner en práctica
esos consejos y experimentar esas
sensaciones. Pero Ricino interrumpió inopinadamente el
discurso del Granjero
Coto para decir:
–¡Qué
bonito el amanecer entre los
árboles! ¡Miren esa bandada de pájaros!
Tiene algo de bello todo esto, aunque
me gustaría estar aún en la cama.
–Bien.
Marchad ahora –dijo Coto, un
tanto desilusionado–. Ocupaos de la primera franja. Toma mi
guadaña, Sam:
cuídala. La usó mi padre, y antes que
él, su padre. No encontrarás muchas como
ésta.
La forjaron los enanos de antaño, que bajaban de tanto en
tanto a la feria de
las Quebradas Blancas. No suelo prestarla, pero me gustaría
que aprendieras con
la mejor herramienta.
Sam
recibió la guadaña y la observó con
veneración.
–¡Aquí
tienes! –exclamó de pronto Tom,
que pasaba sin detenerse, al tiempo que le zampaba a Sam en la testa un
exiguo
sombrero.
–¡Gracias!
–gritó Sam. Se ajustó la
prenda, que le quedaba un poco apretaba, y emprendió el
camino al campo de
heno, seguido por un distraído primo Ricino.
–Disculpa
que te lo diga, compañero –le
dijo éste cuando llegaban a su destino–, pero te
ves realmente ridículo con esa
cosa en la cabeza.
–Me
tiene sin cuidado –respondió Sam
secamente, sin molestarse siquiera en examinar lo que llevaba
puesto–.
Comencemos.
Se
entregó sin demoras a la tarea de
adiestrarse en el uso de la guadaña, tratando de interpretar
correctamente las
instrucciones recibidas, y Ricino lo siguió recogiendo el
heno. Tras una
primera etapa de incertidumbre, Sam fue adquiriendo de a poco la
destreza de la
que había hablado el
Granjero Coto, y
tan concentrada estaba su atención en la guadaña
que ni siquiera hacía caso de
la charla incesante de su parlanchín compañero.
Por último Ricino desistió de
hablar, en vista de que el otro no respondía a ninguna de
las preguntas, pero
al poco tiempo se sintió tremendamente desgraciado.
–¡Basta!
No puedo más. Un momento,
compañero.
–¿Qué
sucede? –preguntó Sam saliendo de
su ensimismamiento.
–Mira
mis manos: están terriblemente
llagadas.
–Sólo
parecen un poco coloradas.
–Te
aseguro que no puedo más del dolor.
Este trabajo es tremendo. No sabes lo que supone agacharse y recoger
las parvas,
y hacer estos malditos nudos; no terminas de armar un fardo cuando ya
hay otro
montón esperando.
–Te
has hecho un lío con los nudos, pero
puedo enseñarte, es muy fácil…
–Mientras
tanto –siguió Ricino, haciendo
caso omiso del ofrecimiento–, allí
estás tú, lo más fresco, sin tener que
agacharte ni hacer casi esfuerzo con esa guadaña. Puedo ver
que se trata de una
tarea muy descansada. No hay comparación entre ambos
trabajos.
–¿Qué
sugieres? ¿Quieres cambiar de
puestos?
–Estaba
pensando precisamente eso: que
deberíamos turnarnos.
–Muy
bien. Toma la guadaña –dijo Sam,
sin ánimo de extender por más tiempo la
conversación.
Ricino
dudó un instante.
–El
caso es que ahora mismo estoy extenuado.
No tienes idea de lo agotador que es esto, y del ardor que tengo en las
manos.
Necesito descansar un momento.
Dicho
esto se sentó en el suelo,
extendió los pies, y reclinó la espalda sobre un
fardo de heno.
Sam
lo miró incrédulo. La opinión que
tenía de Ricino, ya de por sí bastante maltrecha,
acababa de sufrir un golpe
mortal.
–Avísame cuando estés repuesto –dijo, y dando media vuelta reanudó el trabajo, encargándose tanto de la siega como del liado de los haces. A tal punto llegó a abstraerse en esos quehaceres que ni siquiera escuchó los sonoros ronquidos que de allí a poco llenaron el aire, inequívocamente procedentes del lugar donde descansaba Ricino.

Sam
pensaba en Rosa Coto. Esperaba verla más a menudo en los
próximos días, pero lo
poco que había visto de ella bastaba para que no pudiese
apartar su imagen de
la mente. Incluso era capaz de sentir junto a él su perfume,
como llegado en
alas de la brisa hasta aquel lugar apartado de la granja.
Aún tenía algunas
semanas de convivencia por delante, pero no sería
fácil ganarse su amistad:
tenía que rectificar la mala impresión que
había causado la noche anterior
durante la cena, y además estaba el primo Ricino
acaparándola todo el tiempo. El
solo pensar que su Rosita –aquella niña de
mejillas coloradas con quien
compartiera tantas tardes de la infancia chapoteando en la laguna de
Delagua–
podía sentirse atraída por un mamarracho como el
primo Ricino le oprimía el
corazón. No podía permitirlo. Sam
esgrimía su guadaña implacable mientras se lo
repetía como una letanía: “No puedo
permitirlo, no puedo permitirlo”.
Luego
la sed le recordó que pronto
pasarían las muchachas ofreciendo refresco, y se
alegró pensando que la vería.
Se irguió y volvió la vista atrás,
para descubrir que las niñas estaban
precisamente conversando con Ricino, quien había quedado
relegado a más de cien
yardas de distancia. Con horror comprobó que aquellas
amables criaturas
saludaban a su compañero y emprendían el camino
de regreso. Sam hizo a paso vivo
el trecho, pero cuando llegó ellas ya se habían
alejado.
–¡Hola,
compañero! –lo saludó Ricino al
verlo llegar–. Pasaron las muchachas y te dejaron este casco
de agua fresca.
Ellas querían llevártelo pero les dije que no
hacía falta, que yo te lo
alcanzaría.
Sam
lo miró con ojos en los que se
adivinó por un momento el fulgor de la ira.
Sentía incontenibles deseos de caerle
encima a Ricino, estrangularlo, y borrarle así la
estúpida sonrisa que le
adornaba el rostro.
–Esperaba
ver a Rosita –continuó
informando Ricino, algo desencantado– pero no ha venido.
Estaban Robinia, y
Belba, y estaban también Prisca y Melisa, pero Rosita no.
Hoy tenía esa reunión
en casa de la señora Boffin que mencionó anoche.
–No
recuerdo que mencionara ninguna
reunión.
–Supongo
que tú ya dormías cuando lo
hizo. La cuestión es que no ha podido salir aún
porque ha perdido algo que
debía llevar. Así al menos me han dicho sus
amigas: es curioso cómo las chicas
siempre corren a confiarme sus pesares, les infundo una
sensación de fortaleza
y amparo mayor que otros muchachos, no sé por qué
será. Si no tienes
inconvenientes, pensaba ir a ayudarla.
La
paciencia de Sam se había agotado.
–De
ninguna manera voy a encubrirte. En
lo que de mí dependa, tú te quedas
aquí trabajando. Me he pasado la mañana
haciendo el trabajo de ambos.
Ricino
bufó.
–Tú
no entiendes. La muchacha está mal y
yo significo mucho para ella.
Sam
se contuvo a duras penas. Al fin
dijo:
–¿Te
doy la guadaña o sigues con los
fardos?
–Dame
la guadaña.
Sin
embargo, tal como se dieron las
cosas, hubiese sido mejor para todos dejar que Ricino se marchara en
auxilio de
Rosita. Porque lo cierto es que a partir de ese momento todo
comenzó a
complicarse sin remedio.
—
Ricino
empuñó la guadaña con una mezcla
de suficiencia y repugnancia. Luego los acontecimientos
–según los rememoraría
Sam más tarde– se sucedieron de la siguiente forma:
Ricino
comenzó a dar guadañazos sin
orden ni concierto. Alarmado, Sam comprobó que el inexperto
segador cometía
todos los errores mencionados por el Granjero
Coto en su charla; la frustración de no hacer mella en el
plantío lo iba
enardeciendo y sus golpes se sucedían con creciente
violencia.
Al
principio Sam se limitó a observar estupefacto,
pero pronto tuvo razones para preocuparse por la suerte de aquella
guadaña que el
granjero estimaba tanto.
–¡Cálmate
un poco! –le gritó–. Estás
haciendo todo mal.
–¡Algo
le pasa a esta cosa! –replicó
Ricino–. La has desafilado.
No
había terminado de lanzar esta
acusación cuando hundió la hoja en la tierra,
desgajando un grueso terrón que
voló peligrosamente cerca de la cabeza de Sam.
–¡Detente!
Vas a romperla.
Ricino
dejó caer los brazos abatido, y
suspiró.
–¿Cómo
se maneja esto?
Sam
reunió toda la paciencia de la que
fue capaz.
–Déjame
que te ayude –dijo–. Tomémosla
juntos. La mano derecha un poco más abajo. Ahora nos movemos
así.
Mientras
agachado junto a Ricino se
debatía por inculcarle a su compañero los
rudimentos del arte guadañeril, Sam oyó
a lo lejos las voces que daban Rosita y Tom Coto. Le pareció
que se acercaban, trenzados
en una discusión sobre algo que Tom había hecho y
que había enfurecido a su
hermana. Había que reconocer que –con
todo– la delicada Rosita era dueña de una
voz potente y llena de autoridad.
Tras
un momento de distracción, Sam
volvió su cuidado a Ricino y la guadaña, para
descubrir con horror que el
muchacho estaba sin darse cuenta dirigiendo la hoja contra una piedra
semioculta en la espesura. Con un fuerte golpe de muñeca,
Sam trató de desviar su
curso, pero sólo logró asustar a Ricino, que
respondió con un tirón hacia
atrás, y la hoja se estrelló malamente contra la
roca con un chirrido y un ¡crac!
Ricino
gritó y soltó el mango. Sorprendido,
Sam perdió el equilibrio; y la hoja, fuera de control,
siguió una trayectoria
circular que la llevó a golpear el muslo del primo Ricino.
Al instante el
muchacho se desplomó, tomándose la pierna y
aullando de dolor, mientras Sam,
aún con la guadaña en su poder, trastabillaba y
caía, aterrizando de cabeza
sobre el estómago de Ricino.
–¡Me
muero, me muero! –vociferaba el
hobbit al ver un poco de sangre manando de su herida. Sam, hecho un
revoltijo,
tardó en ponerse de pie. Lo primero que hizo fue mirar la
guadaña; lo que había
alcanzado a escuchar no presagiaba nada bueno, y le bastó un
vistazo para
comprobar que, en efecto, en su choque contra la piedra la hoja se
había
partido.
–¿Qué
ha pasado aquí? –sonó una voz a
sus espaldas. Era el
Granjero Coto,
que llegaba casualmente para ver cómo le iba a Sam con la
niña de sus ojos.
Hay
momentos en la vida en que todo
parece confabularse en contra de uno. Sam supo que estaba viviendo
precisamente
uno de ellos, y no atinó a reaccionar de otro modo que
abriendo la boca en un
gesto de estupor.
–¿Me
engaño, Sam Gamyi, o has derribado a este joven con un golpe
de guadaña?
–preguntó Coto.
Sam
trató de comprender la pregunta. Entretanto,
su boca permaneció abierta de un modo poco inteligente, y el
rostro no
manifestó cambio alguno. Tan sólo sus ojos
iniciaron un tímido recorrido hacia
la hoja quebrada.
El
Granjero Coto siguió
la mirada de Sam y se percató del desastre. Fue como
si de pronto el peso de todas las calamidades del mundo se hubiesen
descargado
sobre el viejo hobbit. Los hombros se le aflojaron y en sus ojos se
dibujó tal desconsuelo
que Sam, abrumado, estuvo a punto de largarse a llorar.
–¡Se
ha roto! –balbució Coto.
–Lo
lamento –dijo Sam.
–Me
muero –terció Ricino.
El
granjero extendió sus brazos trémulos
y Sam le pasó la malograda herramienta. Coto
observó la hoja quebrada como si
se tratase un hijo con la vida tronchada en la flor de la edad.
–La
usó mi padre –musitó con voz apenas
audible–, y antes que él, su padre…
Sam
estaba tratando de hilvanar una explicación
cuando Tom y Rosita aparecieron en escena.
–¿Si
estoy enojada? Puedes apostar a que
estoy furiosa, Tom Coto. Ésta me la pagarás.
¿Cómo se te pudo ocurrir algo
semejante? –en los ojos de Rosita brillaba tal
cólera que Sam deseó
vehementemente no tener que encontrarlos frente a frente. Pero para su
espanto
la muchacha se volvió hacia él y extendiendo un
brazo exigió:
–Dame
mi sombrero, por favor.
—
No
es culpa de Sam que su rostro
exhibiese durante todo el episodio una expresión cercana a
la imbecilidad, ni
que de ese mismo modo respondiera a la mirada de Rosita Coto. Los
acontecimientos habían perdido para él toda
ilación y se sucedían caprichosamente,
como en las pesadillas.
–¿Me
has escuchado? Necesito que me
regreses el sombrero que tienes en la cabeza –dijo la
muchacha.
Sam
obedeció. Se sacó con cierto trabajo
el sombrerito que se había encasquetado, y lo
contempló por primera vez. Con
horror comprobó que se trataba de un delicado atuendo de
mujer adornado con una
cinta rosada y flores multicolores, pero ahora se había
ensanchado por culpa de
su cabezota. Se encontraba, por añadidura, empapado en
sudor, y su copa se
había abollado a raíz del reciente golpe contra
el primo Ricino.
A
Sam el aire le faltó: jamás había
sentido tal turbación y vergüenza en su vida. Sin
contar lo ridículo que había
aparecido ante los ojos de los demás, restituir la prenda en
esas condiciones
era como haber pisoteado con pies inmundos las flores más
bellas de un jardín.
¡Y justamente de su adorada Rosita!
–Lo
siento mucho –logró decir mientras
lo devolvía.
La
chica contempló desolada el sombrero,
y por un momento la expresión de su mirada fue la misma con
que su padre, de
pie junto a ella, observaba la guadaña destrozada. Sam se
sintió un reyezuelo
orco dispensador de exterminio y ruina.
–Lo
estropeaste –dijo Rosita.
–A
mí me ha acuchillado –intervino
Ricino desde el piso.
Sam
suspiró. Rosita suspiró. El Granjero
Coto, contagiado, suspiró. Los
tres parecían querer persuadirse de que la vida continuaba.
–Muchachos,
ayudadlo a levantarse y a
restañar la herida –ordenó el granjero
tras echar un vistazo a la víctima.
–Traeré
vendas –dijo Rosita.
–Carguémoslo
–indicó Tom–. Sujétalo de
las piernas, Sam, mientras yo lo sostengo de los hombros.
–¿No
será mejor llamar a otro? –preguntó
Ricino–. Este tipo es peligroso.
Y
así concluyó el desdichado episodio,
sin que Sam atinara a dar razón de su conducta. Llevaron a
Ricino a una cama y
lo dejaron al cuidado de las mujeres de la casa, mientras Sam se
retiraba con
discreción y volvía al trabajo, más
descorazonado que nunca y sintiendo un gran
vacío en el pecho. Ya no alcanzaba a percibir siquiera ese
perfume de Rosita
que lo había acompañado toda la
mañana, y que curiosamente había cesado al
quitarse el sombrero.
—
“He
tocado fondo”, se dijo Sam. “La
situación sólo puede mejorar”. Con una
entereza que lo distinguiría más tarde
entre los hobbits de la Comarca, enfrentó el futuro sin
desanimarse.
Los
días siguientes le depararon una
mezcla agridulce de alegrías y sinsabores.
Entre
las alegrías, la mayor fue la
tarde en que le tocó en suerte acompañar a las
muchachas al arroyo, y se la
debió sobre todo a Tom Coto.
–Sam
–le había dicho Tom–, vengo a
pedirte un favor. Sé que es nuestro día de
descanso y no debiera estar
importunándote, pero mi hermana y sus compañeras
planean ir hasta el arroyo a
trenzar paja, y me han pedido que las ayude a cargar con las cosas. El
caso es
que unos viejos amigos a quienes no veo desde hace tiempo se
darán cita esta
tarde en La
Mata de Hiedra y no
quisiera faltar…
–Ni
una palabra más –respondió
Sam–. Yo
puedo acompañar a las muchachas.
–¡Gracias,
mi buen Sam! –dijo Tom
palmeándolo fuertemente en la espalda–.
¡Sabía que podía contar contigo!
Este
gesto rehabilitó por completo a Tom
ante los ojos de Sam, después del desafortunado
traspié del sombrero. Aquélla
fue una tarde memorable para el alicaído hobbit.
Sam
albergaba ciertos temores de que
Rosita se mostrara hostil ante su impensada presencia. Por fortuna la
actitud
de la muchacha se acercó más a una despreocupada
y alegre indiferencia, lo cual
era más de lo que Sam había llegado a esperar en
vista de las circunstancias.
Había dudado entre acercarse a pedirle disculpas por lo del
sombrero o dejar
pasar el agua un tiempo, pero le faltó coraje y se
contentó con escoltarlas en
silencio.
Primero
sacaron del granero varias
gavillas que habían reunido y puesto a secar unos
días antes. Los tallos, agrupados
en manojos de distinto grosor y largo, lucían un
magnífico tono cobrizo. Sam se
ofreció a cargar él solo con todo, las
niñas accedieron, y eso lo hizo sentirse
útil; aunque –en honor a la verdad– las
gavillas no eran voluminosas ni pesadas,
así que no alcanzó a ver porqué las
niñas no podían llevarlas ellas mismas.
Camino
del arroyo, Rosita y sus amigas
iban entonando canciones, y Sam, un tanto retrasado, gozó
con corazón candoroso
de la vista que ofrecían aquellas risueñas
criaturas retozando por la campiña
ondulada. Las voces de las hobbits, el sol entre las nubes, el campo
cubierto
de mies madura, y el arroyo cantando allá abajo se le
antojó el cuadro más
hermoso que había visto en su vida, como si de pronto le
hubiese sido dado
respirar un instante el aire de días antiguos, cuando el
mundo era joven.
Una
vez en el arroyo, la tarea consistía
en dejar los haces de paja en remojo durante una hora de modo que se
volviesen
flexibles y aptos para el trenzado. Hacerlo fue pura
diversión, con las chicas
chapoteando en el agua en busca de las piedras que debían
mantener las gavillas
sumergidas, y Sam explorando las orillas con espíritu
curioso: había
descubierto que el cáñamo crecía
abundantemente allí, y pensó en cortar tallos
y hacer unas cuantas varas de cordel, tal como había
aprendido en su estadía
con el tío Andy, para obsequiárselas al Granjero
Coto en compensación por la guadaña malograda.
En
ese ambiente desahogado Sam pudo dar
al fin rienda suelta a su natural locuacidad, que había
reprimido durante
varios días. Aunque no estaba demasiado acostumbrado a
reuniones femeninas, la sencillez
de las muchachas lo hacía sentir muy cómodo, y
desde una gran piedra sobre la
que se había sentado terminó, sin saber
cómo, contando mil historias que había
escuchado de labios del señor Bilbo, mientras despellejaba
brotes de cáñamo con
su cortaplumas y las muchachas trenzaban cestas con manos habilidosas.
El
paso de un leño flotante por el
arroyo dio ocasión de traer al ruedo una de las aventuras
más divertidas que el
señor de Bolsón Cerrado había referido
cierta vez ante sus sobrinos, y que Sam
había tenido la fortuna de escuchar: la de los toneles de
vino navegando río
abajo por el Bosque Negro.
¡Rueda–rueda–rueda–rueda,
rueda–rueda–rueda
bajando la cueva!
¡Levantad,
arriba, que caigan a plomo!
Allá
abajo van, chocando en el fondo.
Rosita
y sus amigas se rieron mucho con
la historia, y pidieron más. Sam estaba exultante; tanta
dicha no le cabía en
el pecho. Así siguieron, hablando y riendo, hasta que Sam
prefirió disfrutar en
silencio de las canciones que entonaban las hobbits, mientras el sol
caía con
toda su imponente majestad, y el cielo se enardecía en un
fantástico despliegue
de lánguidas nubes rosadas. La brisa vespertina
traía el aroma de los trigales
y de la menta que crecía en las orillas del arroyuelo; todo
era perfecto en el
mundo, y Sam se dijo que no podía existir un lugar mejor que
su Comarca.
Al
fin de la jornada se despidió de sus
compañeras ebrio de felicidad, y esa noche durmió
con una sonrisa en el rostro,
como no lo hacía en mucho tiempo.

—
Pero
también hubo sinsabores, como queda
dicho.
Entre
ellos se contó el hecho de que a
partir del episodio de la guadaña el primo Ricino,
valiéndose de su condición
de convaleciente, pretendió monopolizar las atenciones de
Rosita. Desde su cama
llamaba a la muchacha con voz quejumbrosa, molestándola para
asuntos
completamente triviales, y ella acudía solícita,
aunque por fortuna su madre la
reemplazaba en no pocas ocasiones.
–Rosita
no ha podido venir –decía
la señora Coto con toda la paciencia del mundo–,
pero dime en qué puedo ayudarte.
–Tengo
un poco de frío, tía, en
la pierna que me despedazó ese sujeto Gamyi.
¿Sería tan amable de alcanzarme
otra manta?
Sam
llegó a sentir un encono negro y tenaz
contra su compañero de siega, a quien consideraba un
farsante. Estaba
convencido de que el muchacho exageraba la gravedad de la herida,
así que tuvo
un ojo puesto en sus movimientos, y más de una vez se vio a
punto de
sorprenderlo en flagrante falta.
Entraba
de improviso en el cuarto de
Ricino y le clavaba una mirada indignada que hubiese espantado a un
hobbit menos
flemático, para retirarse tras una inspección
somera sin proferir palabra.
Hasta
que finalmente un día, mientras
pasaba frente a la puerta de la habitación que ocupaba
Ricino, lo vio
trasladarse de la cama hasta el ropero sin ningún asomo de
la cojera que había
exhibido las pocas veces que abandonara la posición
horizontal. Sam estaba
ensimismado, así que no fue hasta después de
llegar al comedor y sentarse que
cayó en la cuenta de lo que acababa de ver. Furibundo
volvió sobre sus pasos,
entró en el cuarto, y sin preámbulos le dijo:
–¡Eres
una desgracia! Debería darte
vergüenza andar molestando a todo el mundo mientras los
demás trabajamos. ¿Crees
que se me escapan tus estratagemas para holgazanear? Sólo
por respeto a tu
familia es que no cojo una vara y te doy donde te duela. Espero
sinceramente no
tener que ver en el futuro tu cara de hortaliza mustia.
Adiós.
Tan
descompuesta parrafada había brotado
de labios de Sam antes de que el airado hobbit pudiese dominar su
lengua.
Tampoco tuvo ocasión de observar el efecto en Ricino, ya que
la puerta abierta
del ropero le ocultaba todo el cuerpo, y terminada la diatriba Sam dio
media
vuelta y regresó al comedor a paso vivo.
No
os será difícil imaginar la sorpresa
del joven Gamyi al llegar a la mesa y ver sentado allí al
mismísimo primo
Ricino.
–¿Cómo?
–le preguntó Sam–. ¿No te
encontrabas hace un momento en tu cuarto, cuando te hablé?
–No
–dijo Ricino sin mirarlo siquiera,
ocupado en dar cuenta de un panecillo de queso.
–¿Y
entonces, quién estaba allí?
–Cuando
salí entraba Rosita para guardar
ropa limpia.
Ricino
suministró esta información con
el desgano de quien comenta un acto completamente banal, sin darse
cuenta de
que un rayo acababa de fulminar a Sam.
¿Era
posible que le hubiese soltado ese
discurso a Rosita, y que ella lo hubiese creído dirigido a
su persona?
Horrorizado trató de recordar los insultos que
había proferido, y lo que
recordó –en especial aquello de cara de
hortaliza mustia– lo
hizo presa del más vivo espanto.
A
los tumbos se encaminó de nuevo al
malhadado cuarto. De pronto la figura de Rosita surgió en el
pasillo y pasó a
su lado, el rostro encendido, sin que Sam lograse decir nada. La
muchacha le había
echado una mirada de soslayo, dejando escapar lo que sólo
podía interpretarse
como una risa sarcástica. El pobre hobbit tenía
un nudo en la garganta, y lo
único que pudo emitir fue un gemido lastimero.
—
La
tarde en que tuvo lista la cuerda que
obsequiaría al granjero, Sam llegó a la
conclusión de que quería invertir todo
el dinero que cayera en sus manos en un regalo para Rosita.
Sucedió que –buscando
al señor Coto–dio en la despensa con las
muchachas, quienes estaban allí
preparando encurtidos. Rosita le preguntó por las fibras de
cáñamo que llevaba
en la mano, y Sam explicó que había terminado de
trenzar quince varas de buena
cuerda para su padre: esperaba compensar así la rotura de
aquella
irreemplazable guadaña enana.
–Era
una buena guadaña –comentó
ella–
pero yo no la llamaría irreemplazable.
Hace un par de días estuvimos con mamá en el
mercado y hay dos viejos enanos de
paso, ofreciendo muchas piezas de metal. Es verdad que cada vez nos
visitan
menos, pero de cuando en cuando lo hacen.
–¿Traían
alhajas? –preguntó una de las
amigas de Rosita, repentinamente interesada.
–¡Sí!
–respondió Rosita–. ¡No sabes
las
cosas hermosas que tenían! Yo quedé prendada de
un broche de oro, que vendían
por seis piezas de plata. Era pequeñito y con forma de
espiga de trigo. ¡Quién
pudiera comprarlo! –Rosita suspiró–. A
veces es mejor no enamorarse de cosas
que no se pueden alcanzar.
La
mente de Sam bulló de inmediato en
torno a un plan para conseguir las seis monedas que costaba el broche y
dar con
los enanos antes de que abandonaran la Comarca. Las chicas se
habían mostrado
exaltadas ante la inminente Fiesta del Fin de la Cosecha, que se
celebraría con
grandes bailes y fogatas en Delagua; estaban incluso participando en su
organización, y Sam intuyó que conseguir el
broche a tiempo para el baile sería
el mayor galardón posible para Rosita. Además, la
fiesta marcaba el fin de la
estadía de Sam y los demás muchachos en la
granja. Era la última ocasión que le
quedaba de expresarle a la muchacha lo que sentía por ella.
–¿Así
que los enanos están en el mercado de Delagua?
–preguntó como al descuido,
tratando de no delatar sus intenciones.
–Estaban
por marcharse a El Cruce –le
informó ella.
Los
días siguientes trabajó con ahínco
de sol a sol. Agosto avanzaba, y el día de los festejos se
acercaba más rápido
de lo que Sam hubiese pensado. Faltando tan sólo un par de
ellos, se acercó al
Granjero Coto y lo
consultó sobre la
posibilidad de obtener su paga por adelantado y tomarse la jornada
siguiente
libre. La suma acordada por todo el trabajo era de cuatro piezas de
plata, y
pensaba conseguir prestadas las restantes dos de su hermano mayor o su
padre.
Pero el granjero le allanó el camino diciéndole:
–Por
supuesto que puedes tomarte el día,
y te daré tu paga hoy mismo. Pero no serán cuatro
monedas, sino seis, ya que
has hecho un gran trabajo.
La
mañana siguiente en el desayuno se
encontró con el primo Ricino, que aparentemente se
había recuperado por
completo de su herida.
–Veo
que estás mejor –le dijo Sam, en lo
más parecido a un comentario gentil que pudo articular.
–Así
es –dijo el otro–. Por fortuna para
las chicas, llego en perfectas condiciones a la fiesta. Se han pasado
el día
preguntándome si iría o no, y me han confesado
que sin mí no hubiese sido lo
mismo. Por más que los demás se esfuercen,
siempre acaparo la atención en los
bailes; no sé por qué será. Pero
aunque parta más de un corazón, pienso bailar
toda la noche con una señorita que yo me sé, y si
las cosas van como creo,
hacerle una declaración de suma importancia.
Sam
no se dejó desanimar. Abandonó la
mesa y se dio prisa en salir. Debía marchar a El Cruce y
volver en el día si
quería dar buen fin a su plan.
–¿A
dónde vas? –le preguntó Alegre.
Sam
le contó someramente su intención,
sin mencionar a la beneficiaria de la compra.
–Yo
que tú intentaría estar de regreso
antes de las siete –le aconsejó Alegre–.
Recuerda que hoy es el día de las
solicitudes de cortesía, en la plaza de Delagua.
–¿Las
solicitudes de cortesía?
–Sí,
para el baile. No querrás quedarte
sin compañera, ¿no?
–¿A
las siete?
–En
la plaza de Delagua.
–¿Para
la Fiesta del Fin de la Cosecha?
–¿Dónde
has estado viviendo, Sam? Pues
claro que para la Fiesta del Fin de la Cosecha.
–Adiós,
Alegre. No puedo perder un
minuto más.
Tenía
la horrible sospecha de que el
primo Ricino solicitaría a Rosita como compañera
en la fiesta, y que intentaría
retenerla toda la noche. La única (y bastante remota)
posibilidad que le
quedaba a Sam para contrarrestar la evidente simpatía que le
despertaba Ricino a
Rosita, y a la vez borrar la antipatía que le
había cobrado a él, era conseguir
aquella espiga de oro de los enanos y volver a tiempo para las
solicitudes.
En
La
Mata de Hiedra se hizo de un
pony y lo condujo al trote largo por el Camino
del Este rumbo a El Cruce, tras haberse provisto de víveres
para la jornada.
Llegó
a destino bien pasado el horario
del segundo desayuno, y se dirigió directamente a la plaza
del mercado. Allí recibió
una amarga noticia: los orfebres enanos habían levantado
campamento aquella
mañana y seguido su ruta hacia el Oeste. Probablemente
pararían en Cavada
Grande. Y Cavada Grande significaba más de quince horas de
viaje adicionales.
No lo pensó dos veces. Si el broche estaba en Cavada Grande, a Cavada Grande iría él, aunque no llegara a tiempo para las solicitudes, aunque Ricino se quedara con Rosita, aunque ella no pusiera nunca los ojos en Sam. Desvanecida toda esperanza, sólo lo impulsaba la idea fija de que la joven poseyera aquella agujilla, y su propia persona lo tenía sin cuidado. Ni siquiera se detuvo a almorzar: sacó algo de pan y queso de su alforja y montado como estaba dio cuenta de ellos mientras azuzaba al pony.
Sin
embargo, la agotada bestezuela se
negó muy pronto a seguir, y Sam debió desandar
camino para dejarla en la posada
de El Cruce y seguir a pie.
El
Camino del Este atraviesa muy pocos
poblados en ese tramo, y durante la siesta de un día de
verano lo más probable es
que uno no llegue a cruzarse con otros viajeros. Así le
ocurrió a Sam. Surcó la
silenciosa campiña en completa soledad. La tarde era
sofocante, y muy pronto el
cielo se cargó de espesas nubes negras. El muchacho aguzaba
todo el tiempo la
vista en busca de las anheladas siluetas de los enanos, pero
las
ondulaciones del terreno le
impedían ver mucho más allá: cada loma
traía consigo la renovada ilusión de
verlos.
¿Cuán
rápido podían caminar dos
ancianos? ¿Andarían con un carromato cargado de
bártulos? A pesar del
cansancio, Sam no aminoraba el paso, en la esperanza de interceptarlos
antes de
que las distancias recorridas se hicieran enormes.
Las
horas pasaron, y los nubarrones finalmente
rompieron en lluvia torrencial. Sam quedó calado hasta los
huesos, pero ni aun
así detuvo su andar. Y cuando el cielo se aclaró,
una visión esperanzadora se
presentó a sus ojos: a una milla de distancia se dibujaba lo
que parecía ser la
silueta de un carro en el medio del camino.
Se
apresuró en darle alcance, y para
regocijo de su atribulado corazón, comprobó que
en efecto, se trataba de los
enanos.
Sam se encontraba en un estado que movía a compasión. Desfalleciente, exhalando vapor por todo el cuerpo, cubierto de barro, y con los cabellos chorreando agua, componía una figura ruinosa. Su única posesión eran las seis monedas de plata que aferraba con fuerza en la mano. Si hubiese encontrado que los de la carreta no eran los orfebres, probablemente habría abandonado todo, tendiéndose en el suelo. Pero la fortuna quiso que sí lo fueran, y el corazón se le alegró definitivamente al enterarse de que la codiciada pieza –una fruslería a sus ojos– estaba aún a la venta.

–Su
precio es de seis piezas de plata y
ocho peniques –declaró el más viejo de
ellos.
–¿Ocho
peniques? Sólo me habían hablado
de las seis piezas de plata. ¿Habrá
algún error?
–Cuando
un enano estipula un precio, señor
Mediano, tú y el mundo pueden estar seguros de que no hay
errores. Los ocho
peniques son por el estuche.
Se
trataba de un pequeño estuche de
madera labrada, muy hermoso, pero Sam no pudo comprarlo, y
debió rogar un buen
rato para que el enano accediera a venderle sólo el broche.
Tal vez el aspecto
miserable de Sam lo moviera a compasión; aunque si
así fue, no lo manifestó.
Eran las cuatro de la tarde y había que volver a Delagua. Sam emprendió el camino de regreso con el broche en el bolsillo, sabiendo que tenía otras diez horas de viaje y que llegaría cuando todos estuvieran dormidos, soñando con las parejas que habían conseguido para el baile.
—
En
efecto, arribó a la granja de Coto en
mitad de la noche. El cielo lucía diáfano y
cubierto de estrellas, pero Sam no
tenía ánimo para levantar la cabeza y admirarlo.
Todo callaba en la granja. Con
sus últimas fuerzas Sam asió el pomo de la puerta
de entrada y descubrió que tenía
puesta la tranca, como era natural. Enseguida comprendió que
le sería imposible
entrar, y consideró inapropiado despertar a los de adentro
para que le abrieran.
Deambuló
por las inmediaciones, y al ver
despejado el acceso al granero, que se trancaba desde fuera,
abrió la puerta y se
dejó caer en su interior, sobre un inmenso montón
de heno. No había su cuerpo
terminado de hundirse en él cuando ya viajaba, vencido, en
brazos del sueño.
Un
haz de luz lo golpeó en la cara a la
mañana siguiente, despertándolo. La
señora Coto, que venía a ordeñar las
vacas,
acababa de abrir la puerta. Cuando la pobre mujer vio a Sam emergiendo
de un
salto de la parva, cubierto de briznas y con más traza de
espectro que de
hobbit, lanzó un alarido y dejó caer el cubo que
traía en sus manos.
–Soy
yo, señora Coto: Sam Gamyi. No
tema.
Pero
ya era tarde, porque la esposa del
granjero se había desmayado. La señora Coto era
una mujer fuerte y acostumbrada
a lidiar con las faenas de la granja, pero aquella visión
repentina había sido
demasiado para su ánimo.
Sam
la tomó en brazos y la condujo a las
casas ante el asombro de los presentes que se agolparon en torno suyo.
–¿Qué
ha sucedido con mamá? –preguntó
Rosita alarmada.
–La
asusté –musitó Sam– y se
desmayó.
La
señora Coto volvía en sí.
–No
entiendo –exclamó el granjero–.
¿Para qué la has asustado?
–Ya
estoy bien, ya estoy bien –decía la
señora–. Suéltame, muchacho.
–¿Qué
ha pasado? –preguntaban los
curiosos.
–Gamyi
ha querido gastarle una broma a
la señora Coto y casi la mata de espanto
–explicaban otros.
–No
fue mi intención, no fue mi
intención –dijo al fin Sam, pero el grupo se
había diluido y se encontró
hablando solo.
–Sam,
mi viejo alcornoque, estás hecho
un esperpento –le dijo Tom Coto poniéndole una
mano sobre el hombro–. Ven, que
empieza la siega de las últimas espigas.
Todos
se trasladaron al extremo sur de
la plantación de trigo, donde sólo quedaba sin
cosechar un puñado de tallos. Eran
los reservados para el tradicional final de la siega. El Granjero
Coto se acercó con su hoz y segó con reverencia
aquella
mies postrimera. Los presentes estallaron en aplausos, mientras Coto
recogía
las espigas y se las entregaba a su esposa. La señora Coto
dividió el haz en
dos, le pasó uno a su hija y ató con una cinta
roja el suyo, para luego decir:
–Con
estas espigas trenzaré la muñeca
que nos acompañará hasta la próxima
cosecha.
La
sencilla ceremonia debía concluir con
la coronación de la muchacha más joven de la casa
con una guirnalda hecha de
espigas. Para disgusto de Sam, fue el primo Ricino quien se
acercó a trenzarla.
Lo hizo con manos hábiles, y la colocó en la
cabeza de Rosita, agregando inopinadamente
este recitado:
Era
Mee, la Princesa,
adorable
y pequeña;
así
lo cantaban los elfos.
Su
cabello adornaba
con
perlas engarzadas;
de
oro y fina seda, un pañuelo
lucía
en la cabeza,
y
una trenza de estrellas
plateadas
su cuello envolvía.
Todos
festejaron mucho la galantería de
esos versos, salvo Sam que los consideró completamente fuera
de lugar.
Luego,
entonando viejas canciones de
cosecha, el grupo volvió a casa encolumnado
detrás de Rosita y sus padres.
Para
sorpresa de Sam, que cerraba la
marcha, la muchacha se acercó a él cuando se
desconcentraban.
–¿Vendrás
a la fiesta? –le preguntó–.
Las muchachas no te vieron anoche.
Sam
tardó un momento en recobrar el
aliento y dominar la vergüenza que le causaba su aspecto
desaseado.
–Sí,
sí, iré. No he podido asistir
anoche…
–Nos
vemos, entonces. Ricino será mi
compañero, pero tal vez podamos bailar alguna pieza, si
quieres.
–Sor
pu-puesto… –barboteó Sam,
confundido–. Quiero decir, por supuesto. Me
encantaría, es a lo que me refiero.
–Hasta
luego, entonces –le sonrió ella,
alejándose tan repentinamente como había
aparecido.
–Tengo
algo que quiero obsequiarte… –comenzó
a decir Sam, pero demasiado tarde. Ella ya estaba lejos, y
además –se dijo Sam–
tal vez fuese mejor así. Sus manos estaban tan sucias que
habría sido un
despropósito entregarle el regalo en esas condiciones.
Tenía toda la tarde para
asearse y buscar el momento propicio de darle la espiguilla a Rosita.
El
resto del día se pasó en los
exaltados preparativos para la fiesta. Los pasillos bullían
de muchachos que
preparaban tinas de baño y calentaban calderos de agua, y
reían y cantaban a
grandes voces.
Sam
anduvo muy atareado tratando de
reservarse un turno de baño, pero todo fue inútil
y hubo de contentarse con el
último de la tarde. Estaba tan sucio que nadie
quería usar la tina después de
él.
El
resto del tiempo lo empleó en
conseguir que le prestasen alguna ropa decente. Tom accedió
a darle un par de
calzones, pero sus camisas le iban demasiado estrechas, y
terminó poniéndose un
viejo jubón del
Granjero Coto. Una
vez bañado, vestido y peinado, Sam sintió que las
fuerzas y el buen ánimo
regresaban.
“Falta
una hora para los festejos” se
dijo. “Es el momento justo de ver a Rosita”.
Se
palpó los calzones y no encontró el
broche. “Por supuesto, cabeza de chorlito. Lo has dejado en
tus calzones, no en
los de Tom”.
Fue
en busca de sus prendas, que había
dejado hechas un bulto en el cuarto de los hijos de Coto. Pero tampoco
estaba
allí. Con creciente desesperación dio vuelta los
bolsillos al derecho y al
revés una y mil veces, revolvió el resto de la
ropa que encontró en el cuarto,
miró debajo de las camas. Todo fue en vano. El broche no
aparecía.
–Vamos,
Sam. Nos estamos marchando –le
dijo Tom, asomándose.
–No
puedo. He perdido algo. Id vosotros.
Ya os alcanzo.
¿Dónde
más podía haber extraviado la
agujilla? Con ojos desorbitados e inquietos examinó todos
los rincones de la
casa por donde había estado.
Entonces
recordó con espanto que la
noche anterior se había dejado caer sobre el pajar del
granero. Sin duda el
broche se había deslizado fuera del pantalón
mientras dormía, ya que había
amanecido con la cabeza más hundida que las piernas.
Corrió
hasta el granero y examinó las
inmediaciones del pajar. Se trataba de una tarea desesperada: el
montón de heno
era inmenso, y el broche apenas del tamaño de una aguja.
Pero Sam comenzó
contra toda esperanza a revolver la paja, presa de un
frenesí delirante, y
pronto se encontró sepultado en medio de la pila, buscando a
tientas.
Afuera
se oían, muy débiles ya, las
voces de los últimos hobbits que se marchaban rumbo a la
plaza de Delagua. De
pronto Sam escuchó el ruido de una puerta que se cerraba,
seguido de un
travesaño que la atrancaba. Al principio no
reaccionó: estaba muy ocupado removiendo
el heno y palpando el piso, para darse cuenta de lo que ese ruido
significaba.
Pero luego una terrible sospecha lo asaltó. Salió
como pudo del pajar y corrió
hasta la puerta del granero. La habían cerrado.
Probó a empujarla con todas sus
fuerzas, pero fue inútil: la puerta se atrancaba por fuera.
Del otro lado
reinaba un espantoso silencio. Golpeó y gritó.
–¡Abran!
¡La puerta del granero! ¡Estoy
aquí! ¡Auxilio!
Nadie
contestó.
Recorrió
la estancia en busca de otra
salida, pero pronto comprendió que no la había.
La aplastante verdad se impuso
al corazón de Sam: habían cerrado las puertas al
marcharse, y él no podría
salir de allí en toda la noche. No iría a la
fiesta.
¡La
Fiesta del Fin de la Cosecha! Pocas noches
hay entre los hobbits tan memorables como la gran noche del antiguo
año nuevo,
cuando arden las fogatas y los jóvenes corazones se
encuentran al influjo
hechicero de la música. ¿Cuántas
parejas se han formado en esa precisa noche en
que el verano parece no acabar nunca? En cada familia hay una historia,
y
existe la creencia de que los amores que nacen en los bailes del Fin de
la
Cosecha son imperecederos.
Espiando
por los intersticios de las
paredes, Sam alcanzaba a divisar el temblor rojizo de las luces de la
aldea y
algún esporádico fuego de artificio que cruzaba
el cielo. Mientras tanto, a sus
oídos llegaban rumores de algazara y fragmentos de
irreconocibles melodías.
¿Qué
estaría haciendo Rosita?
Desplegando sin duda su maravillosa alegría ante el
envidiado Ricino. Hay
sujetos que tienen toda la suerte que a uno le falta, se dijo Sam,
emitiendo un
prolongado suspiro.
Se
recostó sobre el pajar, y pensó en el
curioso destino que le negaba a la chica de sus sueños.
Había desperdiciado
todas las oportunidades, y las circunstancias se habían
conjurado implacablemente
en su contra. A la mañana siguiente regresaba a Hobbiton con
las manos vacías.
¿Cómo iba a salir adelante sin Rosita?
Sólo el tiempo podría decirlo.

—
La
señora Coto abrió puntualmente la
puerta del granero al romper el alba. Esta vez no se asustó
tanto de ver a Sam.
A decir verdad, ya se estaba acostumbrando.
–Lo
que no me explico, muchacho, es por
qué te empeñas en dormir aquí.
¿Acaso no te resultan cómodos los dormitorios de
la casa?
Sam
masculló una explicación
ininteligible y se marchó con los hombros caídos.
Una
vez en la habitación de los hijos
del granjero, que dormían a pierna suelta, tomó
sus ropas y las cepilló,
adecentándolas. Luego se las puso en cambio de las prestadas
que llevaba, y se
sentó en su jergón, abatido. Todo allí
le hablaba de despedidas. No hizo mucho
más que suspirar hasta que la casa comenzó a
animarse con el quehacer matinal
de los que despertaban.
De
buena gana hubiese Sam ido a comer un
suculento desayuno, pero prefería no encontrarse con nadie
ni enterarse de lo
que había ocurrido la noche anterior. De hecho, su deseo
más ferviente era
desaparecer de allí en ese mismo instante y aparecer en
Hobbiton, ahorrándose
despedidas.
El
acontecimiento del día, según
constató muy pronto Sam, era la marcha del primo Ricino. Las
mujeres
revoloteaban en torno suyo acomodando sus trastos y
preparándole vituallas para
el viaje, mientras el efusivo hobbit se deshacía en
exagerados cumplidos hacia
todo el mundo. Afuera los muchachos estaban engrasando los ejes de su
carro, y
se planeaba una multitudinaria despedida en la puerta cancel al borde
del
camino, donde Ricino prometía un conmovedor discurso para
cada uno de sus
parientes, y para una personita en particular.
Sam
notó que nadie se acordaba de él,
que también se marchaba. La cosa le provocó
cierta amargura, a pesar de que un
momento antes había deseado desaparecer sin ser notado. Hizo
lo posible por no
mezclarse con la algarabía de una despedida que le era
completamente ajena. Que
todos fueran a despedir a Ricino. Que Rosita vertiera
lágrimas en su honor. Que
se saludaran con besos y abrazos. Mejor. Él se
retiraría discretamente, tal vez
con una leve reverencia hacia la señora Coto y un
apretón de manos al granjero,
pasando a un costado del bullicio y emprendiendo el lento camino a casa
en
completa soledad.
Así
se decía, apartado en un rincón,
mientras esperaba que el gentío se trasladara al camino,
como prometían. Cuando
la casa quedó vacía salió sin prisa, y
contempló el patio, los corrales y el
granero con mirada melancólica. A pesar de todo, los
días pasados allí habían
tenido una intensidad que los hacía entrañables.
Vio
el granero abierto y la luz del sol
entrando en él, y se dijo que tal vez valiera la pena
realizar un último
intento. Se imaginó hallando el broche perdido y
dejándoselo a Rosita en su
cama, con una nota lacónica que dijese “Espero que
te guste. Tu amigo Sam
Gamyi”. Ella vería la nota y sin duda le
preguntaría conmovida a su madre:
“¿Dónde está Sam,
madre?”. “Sam se ha ido”,
diría la señora Coto, y tal vez
agregara: “Se ha marchado solo por el sendero, mientras
vosotros retozabais
desatinadamente en torno del primo Ricino”. Entonces la
muchacha comprendería
cuánto valía Sam, y su corazón
sufriría un vuelco.
Sam
suspiró, conmovido él mismo con su
ensoñación.
Desviando la vista del espectáculo que se montaba en la
entrada de la granja,
desde donde le llegaba la voz del famoso Ricino llamando
–cuándo no– a Rosita,
entró en el granero.
Allí
estaba el pajar, vasto y numeroso.
Allí
estaba Sam.
En
algún lado estaba la espiguilla de
oro que tenía que ser de Rosita.
Comenzó
a revolver la paja.
De
pronto algo se movió.
Sam
se detuvo. ¿Habría sido su
imaginación? Continuó revolviendo. De nuevo hubo
un movimiento en el pajar,
como si algún animal se hubiese escondido allí y
estuviese apartándose de él.
Sam
fue en su busca. Se internó en la
espesura, y enseguida percibió un hueco de mediano
tamaño que se escurría a
medida que él se acercaba. De un salto Sam se
abalanzó hacia delante y atrapó un
cuerpo tibio y suave que emitió un grito mientras ambos
caían abrazados. Era el
grito de una muchacha.
Les
llevó un instante desembarazarse del
heno y verse a las caras.
–¡Sam!
–¡Rosita!
De
todas las sorpresas que se había
llevado esos días en la granja, ésta era la mayor
imaginable.
–¿Por
qué te escondías? –preguntó
Sam, azorado.
Rosita
se sacó una brizna de la frente.
–Creí
que eras Ricino.
El
rostro de Sam se ensombreció. No se
le había ocurrido que la chica estuviese esperando a alguien.
–Me
temo que soy sólo Sam Gamyi, por
desgracia.
La
pena con que se expresó habría
conmovido a un troll de piedra. Pero, por el contrario, Rosita se
rió.
–No
por desgracia, sino por suerte. Me
estaba escapando de él.
–¿Lo
dices en serio?
–Pues
claro. ¡Qué cómico eres, Sam!
¡Las
caras que pones!
Sam
no pudo menos que sonreír.
–¿Te
parece extraño que trate de esconderme
de Ricino? –preguntó ella–. Lo he estado
haciendo estos días siempre que he
podido. ¿Acaso has visto un hobbit más cargoso
que él?
Las
palabras de la niña sonaron como
música en los oídos de Sam.
–No,
a decir verdad –respondió, sintiéndose
cada vez más feliz–. He conocido tipos
insoportables, pero él se lleva el
premio.
Ambos
rieron con ganas.
Luego
se hizo el silencio, y Sam,
bajando la vista, agregó:
–Sin
embargo… creí que vosotros érais muy
buenos amigos.
–Lo
somos. Pero ¿qué crees? Se le ha
puesto en la cabeza que quiere casarse conmigo. Yo no tengo intenciones
de
pensar en esas cosas por ahora, y cuando lo haga no me
fijaré en un alfeñique
bueno para nada como él. Quien se case conmigo ha de estar
hecho de madera bien
dura: esforzado, resistente y poco amigo de las quejas.
Nada
podía haberle caído mejor a Sam que
aquellas palabras. Tenía confianza en que
llegaría a merecerlas algún día.
–Rosita,
quiero explicarte algunos malentendidos
que hemos vivido. Seguramente pensarás que soy una
calamidad…
–¿Qué
malentendidos? –preguntó la
muchacha, extrañada.
–Bien,
sin duda habrás creído que
lastimé a Ricino a propósito…
–Se
lo tenía bien merecido, el holgazán
–respondió ella, ante lo cual Sam
consideró inútil agregar más
explicaciones.
–Y
lo que te dije el otro día, aquello
de cara de
hortaliza mustia…
Rosita
se rió con ganas.
–¡Eso
fue estupendo!
–¡Pero
no te lo decía a ti! –aulló Sam,
desconcertado.
–¡Ya
lo sé! Imaginé que tu intención era
decírselo a Ricino. ¡Sam! Si no hubiese sido por
esas pequeñas venganzas tuyas,
que me han hecho reír tanto, no sé
cómo habría aguantado al latoso de Ricino.
Sam
calló, y dejó que una ancha sonrisa
se le dibujara en el rostro. Era evidente que no hacían
falta más aclaraciones.
–Lamento
que no hayas venido anoche –dijo
luego Rosita–. Te quería dar una sorpresa.
–¿Una
sorpresa?
–Quería
agradecerte lo mucho que nos has
ayudado, y por eso te tejí un sombrero de paja.
Los
ojos de Sam se nublaron de emoción.
–¿A
mí? ¿Un sombrero? ¿Después
que
arruiné el tuyo?
–Oh,
eso fue culpa del tonto de mi
hermano, y me lo ha pagado comprándome otro.
–Eres
muy buena –dijo Sam con un hilo de
voz.
Afuera
seguía el bullicio de la
despedida, y parecía que Ricino insistía
vanamente en llamar a Rosita. Probablemente
estaría exclamando: “Ella se ha olvidado de venir
a saludarme, no
sé por qué será”.
La felicidad que
sintió Sam no parecía caber en un pecho hobbit.
Tal vez hubiese un poco de
orgullo entremezclado, pero era sobre todo la dicha alada y luminosa de
estar
allí junto a la mejor muchacha del mundo, y tenerla por
primera vez para él
solo.
–Yo
también quería obsequiarte algo,
pero lo he perdido. Me pasé la noche buscándolo,
y por eso no pude ir a la
fiesta.
–Oh,
Sam –dijo ella enternecida,
inclinando la cabeza.
Sus
rostros estaban muy cerca ahora uno
del otro, y de pronto Sam, como embriagado, sintió el
absurdo impulso de besar
a Rosita.
Inició
el ademán, pero entonces su parte
más sensata advirtió lo que estaba por hacer y
retrocedió rápidamente, con
tanta brusquedad que la chica se sobresaltó, Sam se
apartó, trastabilló, y cayó
sentado en el pajar.
–¡Ay!
–gritó.
–¿Qué
sucede?
–Me
pinché –dijo, frotándose las
asentaderas.
–Qué
raro. ¿Con qué…
–Medio
minuto, Rosita –exclamó Sam,
abriendo muy grandes los ojos–. Creo que la hallé.
Y
tras arrancarse algo de las partes posteriores,
mostró triunfante la hermosa aguja de oro con la figura de
una espiga de trigo.
Rosa
Coto abrió enormes sus lindos ojos.
–¡El
broche!
–Lo
he comprado para ti, Rosita.
–¿Para
mí? –gritó la chica, fuera de
sí
del júbilo–. ¡No puedo creerlo!
Afuera
la reunión al fin se disgregaba,
y el carro de Ricino ya traqueteaba por el camino. Todos
volvían a sus cosas, reían,
silbaban. Bandadas de pájaros surcaban ruidosamente el
cielo. Nada de esto
tenía significado para Sam. Lo más importante del
mundo estaba ocurriendo en el
granero. Habría soportado con gusto mil días
más de trabajo duro bajo el sol
con tal de vivir ese momento.
Rosita
se colgó de su cuello como una
chiquilla y exclamó:
–¡Sam
Gamyi! Eres uno en un millón.
Y estaba en lo cierto.
“Serendipity
is
looking in a haystack for a needle and discovering a farmer’s
daughter.”
Alejandro
Murgia, junio de 2008
Cuando
este relato estuvo escrito lo sometí al escrutinio
de Diego Seguí, que amablemente puso a mi
disposición su lucidez como corrector
de estilo y experto en Tolkien. Diego cumplió con creces mi
pedido, ya que no
sólo desmalezó el cuento de numerosas faltas,
sino que incluso sugirió cambios
argumentales que enriquecieron mucho el resultado final. A tanto
asciende su
influencia benéfica que no vacilaría en
considerarlo coautor del relato si no
fuera por su terminante negativa a figurar como tal. Me resta entonces
expresarle mediante estas palabras mi agradecimiento, y desearle
–según la
vieja usanza– que nunca se le caiga el pelo de los pies.