La aguja en el pajar


    henoEn esa época Sam Gamyi era poco más que un niño grande atravesando los últimos años de la irresponsable veintena, aunque de habernos oído habría protestado: él se consideraba todo un hobbit, hecho y derecho: volvía al hogar luego de pasar dos años como cordelero aprendiz en casa del tío Andy y miraba las viejas y queridas aldeas de Hobbiton y Delagua con nuevos ojos: todo le parecía más pequeño, y él se sentía adulto.

Fue en La Mata de Hiedra donde se encontró con los hermanos Coto. No era Sam el único que había dado el estirón: Tom y Alegre Coto se habían transformado en dos robustos muchachones, bronceados y tonificados por los rudos trabajos de la granja.

–¡Sam Gamyi, viejo holgazán! ¿Estás de regreso? –lo saludaron.

–Así es, he vuelto a poner un poco de orden en estas aldeas, chicos –dijo él–. ¿Cómo os habéis arreglado en mi ausencia?

–¡Nadie la ha notado! –rió Tom, que tenía la misma edad de Sam y había sido un buen compañero de juegos y excursiones–. Pero no has llegado un minuto demasiado tarde: necesitamos brazos fuertes para la cosecha.

–Es tu oportunidad de ganarte unas monedas de plata, Sam. Todo está listo: venimos de comprar hojas nuevas para las guadañas, y papá Coto ha puesto a punto el resto de las herramientas.

Sam dio un respingo en su asiento.

–¿Trabajar en la granja, con este calor? Lo siento, amigos, pero debo ayudar a mi padre con el jardín de los Bolsón.

Lo cual no dejaba de ser cierto: el viejo Ham a duras penas se las había arreglado solo en los últimos dos años, y no lo habría logrado si Halfred, uno de sus hijos mayores, no le hubiera dado una mano; el jardín de Bolsón Cerrado era el puesto natural de Sam, y a él había vuelto con alegría.

Pero la verdadera razón para excusarse era que las labores del campo le parecían un suplicio mayor de lo que un hobbit normal podía soportar; sólo los hermanos Coto eran capaces de conservar su buen humor ante la perspectiva de pasar los próximos meses de verano trabajando a destajo bajo el sol.

–Oh, pues nada, entonces –dijo Alegre, un tanto decepcionado–. Es evidente que sigues siendo el mismo flojo de siempre. Ahora entiendo por qué hace tantos años que no apareces por la granja y sólo te vemos en las posadas.

En ese momento una muchacha atravesó la puerta. Una muchacha de amplia cabellera castaña, repleta de bucles, cuya silueta se recortó un instante contra la luminosidad abrasadora del exterior para sumergirse luego en la fresca penumbra de la sala.

–Ah, chicos, aquí estáis –saludó jovialmente–. ¿Habéis ya encargado la cerveza?

–Estábamos por hacerlo...

–¡Posadero! ¡Nuestras dos cubas de cerveza! –exclamó ella con voz cantarina.

–Rosita, éste es Sam, ¿te acuerdas de él? Sam Gamyi.

–Hola, Sam –dijo ella, y le dedicó una sonrisa que pareció llenar toda la estancia.

–Nuestra hermana Rosita.

–Ho... hola, Rosita –balbució Sam.

De inmediato volvieron a su memoria momentos dorados de la niñez transcurridos junto a los hermanos Coto y muchos otros críos de Delagua. Pero en ese entonces Rosita era una niña de narices sucias. Jamás la habría reconocido.

–Vamos, remolones, os espero en el carro.

Diciendo estas palabras, la muchacha salió de la posada tan diligentemente como había llegado, aunque Sam siguió viendo sus grandes ojos oscuros durante un buen rato, flotando en el preciso lugar donde habían estado sonriéndole.

–Bueno, amigo Gamyi, hasta pronto –dijeron los hermanos Coto apenas el posadero los hubo provisto de sus cubas de cerveza.

–¡Esperad medio instante! –exclamó él saliendo de su ensimismamiento; parecía haber estado sopesando importantes cuestiones–. Me habéis convencido. Voy con vosotros.

 posada

 

Como probablemente habéis imaginado, Sam se había rendido –según suele decirse– a primera vista. Era la primera vez que le sucedía algo parecido, y se sentía muy raro: como una especie de vacío en el estómago y lleno en el corazón. De pronto no existía nada más en el mundo –o en su cabezota de hobbit– aparte de aquella radiante jovencita de ojazos café que había revoloteado un instante delante de él.

Hizo el viaje hasta la granja de los Coto completamente embobado. Rosita iba en el pescante junto a Tom, mientras que Alegre y él se habían ubicado en la caja, con las provisiones. No hacía otra cosa que contemplar a Rosita, pero tampoco se atrevía a decir una sola palabra.

–Qué bueno que decidiste venir. ¿No le avisarás a tu padre? –le preguntó Alegre. Tuvo que repetirlo dos veces para que Sam lo oyera.

–¿Eh? Oh, le escribiré una carta.

–¿Sabes escribir? –exclamó Rosita con admiración, volviéndose.

El rostro de Sam se encendió.

–Sí, me enseñó el señor Bilbo hace años –musitó cohibido.

–Pero, ¿cómo hará el Tío para entenderla?

–Oh, no es problema. El señor Frodo se la leerá.

Eran los últimos días de julio y el ardiente estío arrancaba de los labrantíos preñados de mieses todo tipo de aromas que perfumaban el aire. A medida que el carro abandonaba la aldea de Delagua y se acercaba a la granja, Sam lamentaba más haber salido de casa sin el sombrero: el señor Bilbo lo hubiera reprendido. Le parecía que el Sol le atravesaba la espesa cabellera ensortijada y cocinaba a fuego lento sus sesos.

Saberse acalorado y desaliñado ante Rosita Coto no mejoraba las cosas: la vergüenza lo hacía transpirar más aun. Pero una sensación más intensa lo borraba todo: la de flotar en el aire, como en alas de aquella hermosa criatura élfica que iba en el pescante.

carro

 
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–¡Muy bien! ¡Atención todos! –vociferó el Granjero Coto ante la cuadrilla reunida. Apenas apeado del carro, y sin salir aún de su aturdimiento, Sam se había encontrado empuñando dos bastones que le habían arrojado mientras lo espoleaban junto a un grupo de campesinos–. ¡Tres días! ¡Tenemos tres días para desmalezar el campo de trigo, lo que nos permitirá comenzar a segar el heno para el día siete, y terminar a tiempo para la cosecha, que debe iniciarse sin falta los primeros días de agosto! ¡No hay que retrasarse! ¡Energía, y tesón! Han sido provistos de un palo con una horquilla, y otro con una hoz, el equipo completo del desmalezador. Deben arrancar todas las plantas que amenacen invadir los cultivos de grano. La zona que nos interesa comienza en la colina del sauce, y termina en la confluencia del arroyo con el camino –el Granjero Coto señalaba con gestos ampulosos y agitaba una vara mientras se paseaba de aquí para allá, examinando a sus jornaleros–. Espero que cada quien cubra medio acre por día. Deben alimentarse bien, y cuidarse del sol. A propósito, ¿quién es ese hobbit allí sin sombrero?

Un murmullo de risas recorrió las filas.

–Soy yo, señor Coto: Sam Gamyi.

–Sam, hijo, necesitas un sombrero o te dará un tabardillo. ¿En qué cabeza cabe venir a trabajar al campo sin sombrero? –las risas se transformaron en sonoras carcajadas.

Para evitar el embarazo que le ocasionaban las burlas, Sam resolvió concentrarse en el trabajo. Estaba decidido a hacer las cosas lo mejor posible y destacarse del hato de campesinos socarrones que lo rodeaban, en la esperanza de impresionar de alguna manera al Granjero Coto, y tal vez a Rosita.

Los desmalezadores se habían formado en línea, y quedaba al cuidado de cada uno una larga franja, de no más de seis pies de anchura, que se extendía hasta el arroyo allá abajo. Sam agachó la cabeza y su mundo pasó a limitarse al trozo de tierra debajo de sus pies. Implacablemente detectó y extirpó cuanta cizaña se hubiese entrometido en el trigal; avanzaba sin descanso, desentendido de todo, y pronto dejó atrás al resto del grupo. Pero tras dos horas de denodada labor los efectos del sol y el calor sofocante se hicieron sentir. Descubrió que estaba terriblemente sediento, y que casi no podía abrir la boca reseca. Alzó la vista y se encontró en medio de un enceguecedor mar de hierba amarilla que le llegaba a la cintura; a lo lejos se asomaban los atareados cuerpos de los trabajadores, y más allá se recortaba la silueta de la casa de Coto, las parras del patio, el aljibe. De pronto una brisa sutil le trajo las voces risueñas de muchachas que cantaban, y descubrió con un brinco del corazón que se trataba de Rosita y sus amigas, quienes recorrían las filas de jornaleros ofreciendo limonada.

Una oleada de ternura y gratitud traspasó a Sam, que quedó extasiado ante la visión de aquellas muchachas de camisas radiantes y amplias faldas. Luego lo dominó la expectativa de que llegaran hasta él, y –reanudando el trabajo para no parecer un holgazán– anticipó una y otra vez en su imaginación el momento en que Rosita se acercaría, lo miraría, y le alcanzaría el refresco. La ansiedad no lo dejó concentrarse en el trabajo con la horquilla, y debió limitarse a un lamentable simulacro de actividad. Las voces se acercaban, pero de pronto un bullicio en la tranquera dio al traste con la tensión creciente del encuentro. Había llegado a la granja un carromato, y su ocupante saludaba a los gritos. Todos se volvieron a un tiempo.

–¡Es el primo Ricino! –exclamó Alegre Coto.

El entusiasmo se extendió entre las muchachas.

–¡Prima Rosita! –gritó el recién llegado–. Ven aquí, pimpollo, ¡aquí está Ricino!

Para consternación de Sam, que aún no había podido digerir lo de pimpollo, Rosita dejó la jarra de limonada al cuidado de las otras muchachas y con una sonrisa acudió al encuentro de su supuesto primo.

A los abundantes apretones y palmadas de los muchachos sucedió una efusiva escena de cariño que puso a prueba la presencia de ánimo de Sam: Ricino tomó a Rosita del talle, la alzó en vuelo y la hizo girar en torno suyo al tiempo que reía y le decía que estaba hermosa.

Un furor volcánico se desató en el pecho de Sam. Había quedado paralizado, y empuñaba la horquilla como si estuviera a punto de arrojarla a guisa de proyectil contra el primo Ricino.

Tan absorto estaba en la escena que no había advertido la presencia de las muchachas a su lado.

–Te pregunté si querías un refresco –le estaba diciendo una sonrosada hobbit mofletuda.

–¿Eh? Oh, sí, mil perdones –se disculpó Sam.

–Tenemos limonada, agua de cebada, y agua sola.

–Me da lo mismo.

Tomó el cuenco que le ofrecían y se lo llevó a los labios, aunque el desencanto era tal que la limonada le supo a hiel.

–Gracias –murmuró, lúgubre.

Junto al carro de Ricino el escandaloso jolgorio continuaba.

–¡Aún quedan cuatro horas de luz! –decía Tom–. Cámbiate y ven a trabajar.

–No hoy –dijo Ricino–. El viaje ha sido agotador y necesito descansar. Pero mañana me tendrás firme en mi puesto, primo.

“¡Zángano!”, exclamó Sam para sus adentros.

–Rosita, conduce al primo Ricino a su cuarto –ordenó el Granjero Coto.

Y allá se fueron los dos, alegres como tórtolas, haciendo caso omiso de la tragedia de Sam, que se hundía rápidamente en el pantano de la desolación.

–¿Qué estás haciendo aquí, Sam Gamyi? –barbotó en la soledad del trigal–. Sólo eres un pobre tonto que debería estar en casa ayudando a su padre.

 

 

Las cosas no mejoraron al caer la noche. Sam tenía esperanzas de ver a Rosita y conversar con ella durante la cena, cuando el grupo se reducía a la familia y los amigos llegados desde lejos. La mesa que se tendió era larga, pero Sam se las ingenió para estar al acecho, demorar el momento de sentarse, y hacerlo cerca de la muchacha cuando ella y sus amigas se ubicaron en la punta más alejada de la cabecera. Pero desgraciadamente el Granjero Coto, que sentía una gran estima por Sam y su padre, llamó al muchacho a su lado, y éste no tuvo más remedio que abandonar el lugar que con tanta dificultad había logrado, para ir a sentarse junto a él. Lo peor del caso fue que el primo Ricino aprovechó la ocasión para ofrecerle intercambiar puestos, y terminó ocupando muy ufano el preciado lugar junto a Rosita.

Mientras Sam avanzaba cabizbajo hacia la cabecera de la mesa, Coto explicó en voz alta que el joven Gamyi era un hobbit muy culto que había aprendido historias y canciones antiguas de boca del señor Bolsón, algunas de ellas en el idioma que hablaban los elfos. Un murmullo aprobatorio recorrió la mesa y todos los ojos se posaron en Sam, lo que le provocó no poco embarazo. Al menos –pensó– el Granjero Coto le estaba dando la oportunidad de lucirse a los ojos de su hija, y demostrar que era más que un palurdo con una azada; no debía desaprovecharla.

La señora Azucena fue la primera en notar que el muchacho estaba completamente insolado.

–¡Cielos, Sam! ¡Tienes el rostro encendido como una brasa! Jamás vi algo así. ¿Cómo puedes estar aún en pie?

–El muchacho ha estado trabajando al sol todo el día sin nada que le cubriese la mollera –comentó Coto sacudiendo la cabeza.

–Eso me trae a la memoria lo que le ocurrió a Bembo Barrancos en el año cuarenta –terció el abuelo Hob, un viejo amigo de la familia, con su voz cascada de centenario y su sonrisa pícara–. Han pasado más de setenta años, pero puedo verlo como si estuviese sucediendo ahora mismo… –se interrumpió debido a lo que pareció un ataque de asma.

–¿Te sientes mal, abuelo?

–Está llorando –opinó Alegre.

El abuelo Hob sólo era capaz de emitir espaciados y débiles jadeos, y de secarse con un pañuelo las lágrimas que le caían abundantemente por las mejillas.

–Se está riendo –sentenció sabiamente el Granjero Coto.

–¡No puedo parar de reírme! –confirmó el anciano con voz entrecortada.

–¿Qué fue lo que sucedió con Bembo, abuelo? –preguntó Alegre, contagiándose la hilaridad, como todos los presentes.

Pero era en vano. El viejo Hob fue incapaz de contar el cuento. Lo único que pudieron sonsacarle fue la exclamación: “¡Colorado como una amapola!”, que alcanzó a proferir de corrido al contemplar a Sam, antes de entregarse a una acceso de vigorosas convulsiones.

Realmente Sam comenzaba a sentir un ardor indecible en la cara, y la cabeza se le partía de la jaqueca. Pero cuando se sentó y tomó las primeras cucharadas de sopa, lo que dominó su espíritu fue una invencible modorra. Hizo esfuerzos desesperados por mantener los ojos abiertos, pero los párpados se le caían con un peso abrumador, y cuando todos esperaban que recitase algún poema élfico comenzó a cabecear de manera poco elegante. Sabía que estaba a punto de cometer el papelón más grande de su vida, pero el sueño era muy superior a sus fuerzas. Lo último que alcanzó a oír, como llegando desde el fondo de una cisterna, fue la voz del primo Ricino, que se adueñaba de la conversación.

–A propósito de poemas y viejas leyendas –decía–, durante la reciente fiesta de Lithe en El Cruce me han aplaudido a rabiar cuando entoné una antigua canción sobre Los Arqueros de la Comarca. Desde chico he sobresalido en el recitado; la gente sencillamente me adora cuando lo hago, no sé por qué será. Si gustan, puedo cantarla.

Todos festejaron con muestras de interés tal ofrecimiento. Eran gentes de campo, no demasiado instruidas; como tales, estimaban la poesía y siempre se mostraban ávidas de cosas nuevas. Sam alcanzó apenas a correr el plato de sopa antes de desplomarse dormido sobre la mesa, desoyendo la voz angustiosa y lejana que le pedía a gritos que interviniera. Allí lo dejaron un rato, y luego, en vista de que no sólo no despertaba sino que incluso había comenzado a roncar, los hermanos Coto lo tomaron de piernas y brazos y lo llevaron a su cuarto en medio de las chanzas de los presentes. A pesar del zamarreo del que fue víctima, el rendido hobbit no llegó a tener conciencia de lo que sucedía.

 

 

 

Sam se despertó bastante antes del alba, acicateado por el hambre y sintiéndose fuerte otra vez, aunque la piel del rostro le tironeaba tanto que no se atrevía a hacer la menor mueca.

–Dime, Tom, ¿qué ha sucedido anoche? –se decidió a preguntarle a su compañero de cuarto apenas éste se hubo levantado.

–¿Anoche? ¡Pero si fuiste el alma de la fiesta! Hacía tiempo que no nos reíamos así –dijo el hijo mayor de Coto, divertido–. Te quedaste dormido en la mesa, y como comenzaste a roncar muy fuerte te trajimos a la cama –agregó.

–¿A roncar? ¿En la mesa?

Sam se sentó y bajó la vista, sin deseos de nada.

–¡Vamos a desayunar! –lo palmeó Tom–. El Granjero nos quiere a todos afuera antes que cante el gallo.

–Espera un minuto –reaccionó Sam, recordando un detalle crítico–. ¿No podrías conseguirme algo para cubrirme la cabeza? Otro día bajo el sol y los sesos se me terminarán de achicharrar.

Tom se rascó la barbilla, pensativo.

–Vaya, la verdad es que no nos queda ningún… Aunque, tal vez, ¡sí, creo que sí! ¿Cualquier sombrero te sirve?

–Por supuesto –suspiró Sam–. No voy a andar con remilgos en estas circunstancias.

–Entonces, creo que puedo conseguirte algo. Tú ve a desayunar: te alcanzaré en el cobertizo.

La señora Coto había madrugado también; un enorme caldero con el té canturreaba al fuego, y la mano experta de la esposa del granjero sacaba del horno fragantes panecillos que las muchachas de la casa repartían en el cobertizo a los voraces jornaleros.

Con sumo regodeo Sam dio cuenta de su ración, y enseguida partió en busca de las herramientas. El Granjero Coto ya estaba allí ordenando las partidas; cuando Sam se acercó a recibir sus instrucciones, le dijo:

–He visto, joven Gamyi, que has desmalezado toda tu franja. Así me gusta. Terminaste en un día lo que se esperaba que hicieses en tres. El Tío tiene suerte de contar con un asistente de tu talla.

–Gracias, señor –dijo Sam ensayando una pequeña inclinación de cabeza–. La cizaña estaba realmente crecida. Tal vez hubiese sido mejor arrancarla un tiempo antes.

 –No hubieses sabido reconocerla. –El Tío sonrió mirando el horizonte–. Tienes que darles la oportunidad de que prosperen y demuestren llegada la hora si son trigo o cizaña.

Hizo una pausa, y en el rostro del granjero Sam entrevió la virtud de una paciencia ancestral.

–Hoy comenzarás a segar el heno– continuó diciendo Coto-. El terreno está pasando aquella loma, y se extiende a un lado del camino. ¿Has hecho esta tarea alguna vez?

–No. Pero sé manejar hoces pequeñas, de jardín.

–Bien: aquí lo hacemos formando parejas. Uno maneja la guadaña, el otro recoge el heno y arma los haces. Te conseguiré un ayudante.

Se volvió y examinó a los muchachos que se daban cita en el cobertizo. Entre ellos apareció radiante el primo Ricino, que terminaba de limpiarse la boca y se desperezaba con un amplio saludo a toda la creación.

–Ricino, ven aquí. Trabajarás con Sam.

–Como digas, tío.

–El arte de segar la hierba –comenzó el Granjero Coto– es sencillo, pero si actúas como un mentecato te pasarás la vida sin dominarlo. Si crees que es cuestión de darle fuerte a la guadaña y abrirte paso a golpes en la espesura sólo lograrás romperte la espalda, despellejarte las manos, doblar la hoja de tu guadaña, y la hierba se reirá de ti. No –dijo Coto haciendo una pausa dramática y agitando el índice ante las narices de sus dos aprendices–. Segar el heno es como bailar con una muchacha, como tocar el violín. Es un equilibrio, un ritmo, debes hamacarte sin prisas, acompañar sin forzar. Cubres el pomo del bastón con la mano izquierda, lo sujetas con la derecha a media altura, y mantienes el cuerpo firme como el acero, pero flexible como el junco. La guadaña en tus manos debe pendular independientemente de tu cuerpo, y a medida que recorre su camino de ida te balanceas sobre tu pie izquierdo, das medio paso con el derecho, vuelves, te balanceas hacia la derecha, avanzas medio paso con el izquierdo, y todo el tiempo la hoja está a la misma altura del suelo, segando como por encanto, sin demandarte ningún esfuerzo, y tú siempre igual, siempre igual, con la regularidad de las paletas de un molino golpeando el agua, hasta que ya no piensas en lo que haces, y sigues avanzando durante horas, una parte de ti concentrada en la tarea, la otra perdida en quién sabe qué, muy lejos de allí…

Los ojos del Granjero Coto habían cobrado un aire soñador. Era evidente que veía en la faena de segar el heno más que un trabajo: el ritmo monocorde de la guadaña le proporcionaba momentos de sencilla felicidad.

Sam, que lo había escuchado con mucho interés, ya estaba deseando poner en práctica esos consejos y experimentar esas sensaciones. Pero Ricino interrumpió inopinadamente el discurso del Granjero Coto para decir:

–¡Qué bonito el amanecer entre los árboles! ¡Miren esa bandada de pájaros! Tiene algo de bello todo esto, aunque me gustaría estar aún en la cama.

–Bien. Marchad ahora –dijo Coto, un tanto desilusionado–. Ocupaos de la primera franja. Toma mi guadaña, Sam: cuídala. La usó mi padre, y antes que él, su padre. No encontrarás muchas como ésta. La forjaron los enanos de antaño, que bajaban de tanto en tanto a la feria de las Quebradas Blancas. No suelo prestarla, pero me gustaría que aprendieras con la mejor herramienta.

Sam recibió la guadaña y la observó con veneración.

–¡Aquí tienes! –exclamó de pronto Tom, que pasaba sin detenerse, al tiempo que le zampaba a Sam en la testa un exiguo sombrero.

–¡Gracias! –gritó Sam. Se ajustó la prenda, que le quedaba un poco apretaba, y emprendió el camino al campo de heno, seguido por un distraído primo Ricino.

–Disculpa que te lo diga, compañero –le dijo éste cuando llegaban a su destino–, pero te ves realmente ridículo con esa cosa en la cabeza.

–Me tiene sin cuidado –respondió Sam secamente, sin molestarse siquiera en examinar lo que llevaba puesto–. Comencemos.

Se entregó sin demoras a la tarea de adiestrarse en el uso de la guadaña, tratando de interpretar correctamente las instrucciones recibidas, y Ricino lo siguió recogiendo el heno. Tras una primera etapa de incertidumbre, Sam fue adquiriendo de a poco la destreza de la que había hablado el Granjero Coto, y tan concentrada estaba su atención en la guadaña que ni siquiera hacía caso de la charla incesante de su parlanchín compañero. Por último Ricino desistió de hablar, en vista de que el otro no respondía a ninguna de las preguntas, pero al poco tiempo se sintió tremendamente desgraciado.

–¡Basta! No puedo más. Un momento, compañero.

–¿Qué sucede? –preguntó Sam saliendo de su ensimismamiento.

–Mira mis manos: están terriblemente llagadas.

–Sólo parecen un poco coloradas.

–Te aseguro que no puedo más del dolor. Este trabajo es tremendo. No sabes lo que supone agacharse y recoger las parvas, y hacer estos malditos nudos; no terminas de armar un fardo cuando ya hay otro montón esperando.

–Te has hecho un lío con los nudos, pero puedo enseñarte, es muy fácil…

–Mientras tanto –siguió Ricino, haciendo caso omiso del ofrecimiento–, allí estás tú, lo más fresco, sin tener que agacharte ni hacer casi esfuerzo con esa guadaña. Puedo ver que se trata de una tarea muy descansada. No hay comparación entre ambos trabajos.

–¿Qué sugieres? ¿Quieres cambiar de puestos?

–Estaba pensando precisamente eso: que deberíamos turnarnos.

–Muy bien. Toma la guadaña –dijo Sam, sin ánimo de extender por más tiempo la conversación.

Ricino dudó un instante.

–El caso es que ahora mismo estoy extenuado. No tienes idea de lo agotador que es esto, y del ardor que tengo en las manos. Necesito descansar un momento.

Dicho esto se sentó en el suelo, extendió los pies, y reclinó la espalda sobre un fardo de heno.

Sam lo miró incrédulo. La opinión que tenía de Ricino, ya de por sí bastante maltrecha, acababa de sufrir un golpe mortal.

–Avísame cuando estés repuesto –dijo, y dando media vuelta reanudó el trabajo, encargándose tanto de la siega como del liado de los haces. A tal punto llegó a abstraerse en esos quehaceres que ni siquiera escuchó los sonoros ronquidos que de allí a poco llenaron el aire, inequívocamente procedentes del lugar donde descansaba Ricino.

hato

 Sam pensaba en Rosa Coto. Esperaba verla más a menudo en los próximos días, pero lo poco que había visto de ella bastaba para que no pudiese apartar su imagen de la mente. Incluso era capaz de sentir junto a él su perfume, como llegado en alas de la brisa hasta aquel lugar apartado de la granja. Aún tenía algunas semanas de convivencia por delante, pero no sería fácil ganarse su amistad: tenía que rectificar la mala impresión que había causado la noche anterior durante la cena, y además estaba el primo Ricino acaparándola todo el tiempo. El solo pensar que su Rosita –aquella niña de mejillas coloradas con quien compartiera tantas tardes de la infancia chapoteando en la laguna de Delagua– podía sentirse atraída por un mamarracho como el primo Ricino le oprimía el corazón. No podía permitirlo. Sam esgrimía su guadaña implacable mientras se lo repetía como una letanía: “No puedo permitirlo, no puedo permitirlo”.

Luego la sed le recordó que pronto pasarían las muchachas ofreciendo refresco, y se alegró pensando que la vería. Se irguió y volvió la vista atrás, para descubrir que las niñas estaban precisamente conversando con Ricino, quien había quedado relegado a más de cien yardas de distancia. Con horror comprobó que aquellas amables criaturas saludaban a su compañero y emprendían el camino de regreso. Sam hizo a paso vivo el trecho, pero cuando llegó ellas ya se habían alejado.

–¡Hola, compañero! –lo saludó Ricino al verlo llegar–. Pasaron las muchachas y te dejaron este casco de agua fresca. Ellas querían llevártelo pero les dije que no hacía falta, que yo te lo alcanzaría.

Sam lo miró con ojos en los que se adivinó por un momento el fulgor de la ira. Sentía incontenibles deseos de caerle encima a Ricino, estrangularlo, y borrarle así la estúpida sonrisa que le adornaba el rostro.

–Esperaba ver a Rosita –continuó informando Ricino, algo desencantado– pero no ha venido. Estaban Robinia, y Belba, y estaban también Prisca y Melisa, pero Rosita no. Hoy tenía esa reunión en casa de la señora Boffin que mencionó anoche.

–No recuerdo que mencionara ninguna reunión.

–Supongo que tú ya dormías cuando lo hizo. La cuestión es que no ha podido salir aún porque ha perdido algo que debía llevar. Así al menos me han dicho sus amigas: es curioso cómo las chicas siempre corren a confiarme sus pesares, les infundo una sensación de fortaleza y amparo mayor que otros muchachos, no sé por qué será. Si no tienes inconvenientes, pensaba ir a ayudarla.

La paciencia de Sam se había agotado.

–De ninguna manera voy a encubrirte. En lo que de mí dependa, tú te quedas aquí trabajando. Me he pasado la mañana haciendo el trabajo de ambos.

 Ricino bufó.

–Tú no entiendes. La muchacha está mal y yo significo mucho para ella.

Sam se contuvo a duras penas. Al fin dijo:

–¿Te doy la guadaña o sigues con los fardos?

–Dame la guadaña.

Sin embargo, tal como se dieron las cosas, hubiese sido mejor para todos dejar que Ricino se marchara en auxilio de Rosita. Porque lo cierto es que a partir de ese momento todo comenzó a complicarse sin remedio.

 

 

 

Ricino empuñó la guadaña con una mezcla de suficiencia y repugnancia. Luego los acontecimientos –según los rememoraría Sam más tarde– se sucedieron de la siguiente forma:

Ricino comenzó a dar guadañazos sin orden ni concierto. Alarmado, Sam comprobó que el inexperto segador cometía todos los errores mencionados por el Granjero Coto en su charla; la frustración de no hacer mella en el plantío lo iba enardeciendo y sus golpes se sucedían con creciente violencia.

Al principio Sam se limitó a observar estupefacto, pero pronto tuvo razones para preocuparse por la suerte de aquella guadaña que el granjero estimaba tanto.

–¡Cálmate un poco! –le gritó–. Estás haciendo todo mal.

–¡Algo le pasa a esta cosa! –replicó Ricino–. La has desafilado.

No había terminado de lanzar esta acusación cuando hundió la hoja en la tierra, desgajando un grueso terrón que voló peligrosamente cerca de la cabeza de Sam.

 –¡Detente! Vas a romperla.

Ricino dejó caer los brazos abatido, y suspiró.

–¿Cómo se maneja esto?

Sam reunió toda la paciencia de la que fue capaz.

–Déjame que te ayude –dijo–. Tomémosla juntos. La mano derecha un poco más abajo. Ahora nos movemos así.

Mientras agachado junto a Ricino se debatía por inculcarle a su compañero los rudimentos del arte guadañeril, Sam oyó a lo lejos las voces que daban Rosita y Tom Coto. Le pareció que se acercaban, trenzados en una discusión sobre algo que Tom había hecho y que había enfurecido a su hermana. Había que reconocer que –con todo– la delicada Rosita era dueña de una voz potente y llena de autoridad.

Tras un momento de distracción, Sam volvió su cuidado a Ricino y la guadaña, para descubrir con horror que el muchacho estaba sin darse cuenta dirigiendo la hoja contra una piedra semioculta en la espesura. Con un fuerte golpe de muñeca, Sam trató de desviar su curso, pero sólo logró asustar a Ricino, que respondió con un tirón hacia atrás, y la hoja se estrelló malamente contra la roca con un chirrido y un ¡crac!

Ricino gritó y soltó el mango. Sorprendido, Sam perdió el equilibrio; y la hoja, fuera de control, siguió una trayectoria circular que la llevó a golpear el muslo del primo Ricino. Al instante el muchacho se desplomó, tomándose la pierna y aullando de dolor, mientras Sam, aún con la guadaña en su poder, trastabillaba y caía, aterrizando de cabeza sobre el estómago de Ricino.

–¡Me muero, me muero! –vociferaba el hobbit al ver un poco de sangre manando de su herida. Sam, hecho un revoltijo, tardó en ponerse de pie. Lo primero que hizo fue mirar la guadaña; lo que había alcanzado a escuchar no presagiaba nada bueno, y le bastó un vistazo para comprobar que, en efecto, en su choque contra la piedra la hoja se había partido.

–¿Qué ha pasado aquí? –sonó una voz a sus espaldas. Era el Granjero Coto, que llegaba casualmente para ver cómo le iba a Sam con la niña de sus ojos.

Hay momentos en la vida en que todo parece confabularse en contra de uno. Sam supo que estaba viviendo precisamente uno de ellos, y no atinó a reaccionar de otro modo que abriendo la boca en un gesto de estupor.

 –¿Me engaño, Sam Gamyi, o has derribado a este joven con un golpe de guadaña? –preguntó Coto.

Sam trató de comprender la pregunta. Entretanto, su boca permaneció abierta de un modo poco inteligente, y el rostro no manifestó cambio alguno. Tan sólo sus ojos iniciaron un tímido recorrido hacia la hoja quebrada.

El Granjero Coto siguió la mirada de Sam y se percató del desastre. Fue como si de pronto el peso de todas las calamidades del mundo se hubiesen descargado sobre el viejo hobbit. Los hombros se le aflojaron y en sus ojos se dibujó tal desconsuelo que Sam, abrumado, estuvo a punto de largarse a llorar.

–¡Se ha roto! –balbució Coto.

–Lo lamento –dijo Sam.

–Me muero –terció Ricino.

El granjero extendió sus brazos trémulos y Sam le pasó la malograda herramienta. Coto observó la hoja quebrada como si se tratase un hijo con la vida tronchada en la flor de la edad.

–La usó mi padre –musitó con voz apenas audible–, y antes que él, su padre…

Sam estaba tratando de hilvanar una explicación cuando Tom y Rosita aparecieron en escena.

–¿Si estoy enojada? Puedes apostar a que estoy furiosa, Tom Coto. Ésta me la pagarás. ¿Cómo se te pudo ocurrir algo semejante? –en los ojos de Rosita brillaba tal cólera que Sam deseó vehementemente no tener que encontrarlos frente a frente. Pero para su espanto la muchacha se volvió hacia él y extendiendo un brazo exigió:

–Dame mi sombrero, por favor.

 

 

 

No es culpa de Sam que su rostro exhibiese durante todo el episodio una expresión cercana a la imbecilidad, ni que de ese mismo modo respondiera a la mirada de Rosita Coto. Los acontecimientos habían perdido para él toda ilación y se sucedían caprichosamente, como en las pesadillas.

–¿Me has escuchado? Necesito que me regreses el sombrero que tienes en la cabeza –dijo la muchacha.

Sam obedeció. Se sacó con cierto trabajo el sombrerito que se había encasquetado, y lo contempló por primera vez. Con horror comprobó que se trataba de un delicado atuendo de mujer adornado con una cinta rosada y flores multicolores, pero ahora se había ensanchado por culpa de su cabezota. Se encontraba, por añadidura, empapado en sudor, y su copa se había abollado a raíz del reciente golpe contra el primo Ricino.

A Sam el aire le faltó: jamás había sentido tal turbación y vergüenza en su vida. Sin contar lo ridículo que había aparecido ante los ojos de los demás, restituir la prenda en esas condiciones era como haber pisoteado con pies inmundos las flores más bellas de un jardín. ¡Y justamente de su adorada Rosita!

–Lo siento mucho –logró decir mientras lo devolvía.

La chica contempló desolada el sombrero, y por un momento la expresión de su mirada fue la misma con que su padre, de pie junto a ella, observaba la guadaña destrozada. Sam se sintió un reyezuelo orco dispensador de exterminio y ruina.

–Lo estropeaste –dijo Rosita.

–A mí me ha acuchillado –intervino Ricino desde el piso.

Sam suspiró. Rosita suspiró. El Granjero Coto, contagiado, suspiró. Los tres parecían querer persuadirse de que la vida continuaba.

–Muchachos, ayudadlo a levantarse y a restañar la herida –ordenó el granjero tras echar un vistazo a la víctima.

–Traeré vendas –dijo Rosita.

–Carguémoslo –indicó Tom–. Sujétalo de las piernas, Sam, mientras yo lo sostengo de los hombros.

–¿No será mejor llamar a otro? –preguntó Ricino–. Este tipo es peligroso.

Y así concluyó el desdichado episodio, sin que Sam atinara a dar razón de su conducta. Llevaron a Ricino a una cama y lo dejaron al cuidado de las mujeres de la casa, mientras Sam se retiraba con discreción y volvía al trabajo, más descorazonado que nunca y sintiendo un gran vacío en el pecho. Ya no alcanzaba a percibir siquiera ese perfume de Rosita que lo había acompañado toda la mañana, y que curiosamente había cesado al quitarse el sombrero.

 

 

“He tocado fondo”, se dijo Sam. “La situación sólo puede mejorar”. Con una entereza que lo distinguiría más tarde entre los hobbits de la Comarca, enfrentó el futuro sin desanimarse.

Los días siguientes le depararon una mezcla agridulce de alegrías y sinsabores.

Entre las alegrías, la mayor fue la tarde en que le tocó en suerte acompañar a las muchachas al arroyo, y se la debió sobre todo a Tom Coto.

–Sam –le había dicho Tom–, vengo a pedirte un favor. Sé que es nuestro día de descanso y no debiera estar importunándote, pero mi hermana y sus compañeras planean ir hasta el arroyo a trenzar paja, y me han pedido que las ayude a cargar con las cosas. El caso es que unos viejos amigos a quienes no veo desde hace tiempo se darán cita esta tarde en La Mata de Hiedra y no quisiera faltar…

–Ni una palabra más –respondió Sam–. Yo puedo acompañar a las muchachas.

–¡Gracias, mi buen Sam! –dijo Tom palmeándolo fuertemente en la espalda–. ¡Sabía que podía contar contigo!

Este gesto rehabilitó por completo a Tom ante los ojos de Sam, después del desafortunado traspié del sombrero. Aquélla fue una tarde memorable para el alicaído hobbit.

Sam albergaba ciertos temores de que Rosita se mostrara hostil ante su impensada presencia. Por fortuna la actitud de la muchacha se acercó más a una despreocupada y alegre indiferencia, lo cual era más de lo que Sam había llegado a esperar en vista de las circunstancias. Había dudado entre acercarse a pedirle disculpas por lo del sombrero o dejar pasar el agua un tiempo, pero le faltó coraje y se contentó con escoltarlas en silencio.

Primero sacaron del granero varias gavillas que habían reunido y puesto a secar unos días antes. Los tallos, agrupados en manojos de distinto grosor y largo, lucían un magnífico tono cobrizo. Sam se ofreció a cargar él solo con todo, las niñas accedieron, y eso lo hizo sentirse útil; aunque –en honor a la verdad– las gavillas no eran voluminosas ni pesadas, así que no alcanzó a ver porqué las niñas no podían llevarlas ellas mismas.

Camino del arroyo, Rosita y sus amigas iban entonando canciones, y Sam, un tanto retrasado, gozó con corazón candoroso de la vista que ofrecían aquellas risueñas criaturas retozando por la campiña ondulada. Las voces de las hobbits, el sol entre las nubes, el campo cubierto de mies madura, y el arroyo cantando allá abajo se le antojó el cuadro más hermoso que había visto en su vida, como si de pronto le hubiese sido dado respirar un instante el aire de días antiguos, cuando el mundo era joven.

Una vez en el arroyo, la tarea consistía en dejar los haces de paja en remojo durante una hora de modo que se volviesen flexibles y aptos para el trenzado. Hacerlo fue pura diversión, con las chicas chapoteando en el agua en busca de las piedras que debían mantener las gavillas sumergidas, y Sam explorando las orillas con espíritu curioso: había descubierto que el cáñamo crecía abundantemente allí, y pensó en cortar tallos y hacer unas cuantas varas de cordel, tal como había aprendido en su estadía con el tío Andy, para obsequiárselas al Granjero Coto en compensación por la guadaña malograda.

En ese ambiente desahogado Sam pudo dar al fin rienda suelta a su natural locuacidad, que había reprimido durante varios días. Aunque no estaba demasiado acostumbrado a reuniones femeninas, la sencillez de las muchachas lo hacía sentir muy cómodo, y desde una gran piedra sobre la que se había sentado terminó, sin saber cómo, contando mil historias que había escuchado de labios del señor Bilbo, mientras despellejaba brotes de cáñamo con su cortaplumas y las muchachas trenzaban cestas con manos habilidosas.

El paso de un leño flotante por el arroyo dio ocasión de traer al ruedo una de las aventuras más divertidas que el señor de Bolsón Cerrado había referido cierta vez ante sus sobrinos, y que Sam había tenido la fortuna de escuchar: la de los toneles de vino navegando río abajo por el Bosque Negro.

 

¡Rueda–rueda–rueda–rueda,

rueda–rueda–rueda bajando la cueva!

¡Levantad, arriba, que caigan a plomo!

Allá abajo van, chocando en el fondo.

 

Rosita y sus amigas se rieron mucho con la historia, y pidieron más. Sam estaba exultante; tanta dicha no le cabía en el pecho. Así siguieron, hablando y riendo, hasta que Sam prefirió disfrutar en silencio de las canciones que entonaban las hobbits, mientras el sol caía con toda su imponente majestad, y el cielo se enardecía en un fantástico despliegue de lánguidas nubes rosadas. La brisa vespertina traía el aroma de los trigales y de la menta que crecía en las orillas del arroyuelo; todo era perfecto en el mundo, y Sam se dijo que no podía existir un lugar mejor que su Comarca.

Al fin de la jornada se despidió de sus compañeras ebrio de felicidad, y esa noche durmió con una sonrisa en el rostro, como no lo hacía en mucho tiempo.

 noche

 

 

Pero también hubo sinsabores, como queda dicho.

Entre ellos se contó el hecho de que a partir del episodio de la guadaña el primo Ricino, valiéndose de su condición de convaleciente, pretendió monopolizar las atenciones de Rosita. Desde su cama llamaba a la muchacha con voz quejumbrosa, molestándola para asuntos completamente triviales, y ella acudía solícita, aunque por fortuna su madre la reemplazaba en no pocas ocasiones.

Rosita no ha podido venir –decía la señora Coto con toda la paciencia del mundo, pero dime en qué puedo ayudarte.

Tengo un poco de frío, tía, en la pierna que me despedazó ese sujeto Gamyi. ¿Sería tan amable de alcanzarme otra manta?

Sam llegó a sentir un encono negro y tenaz contra su compañero de siega, a quien consideraba un farsante. Estaba convencido de que el muchacho exageraba la gravedad de la herida, así que tuvo un ojo puesto en sus movimientos, y más de una vez se vio a punto de sorprenderlo en flagrante falta.

Entraba de improviso en el cuarto de Ricino y le clavaba una mirada indignada que hubiese espantado a un hobbit menos flemático, para retirarse tras una inspección somera sin proferir palabra.

Hasta que finalmente un día, mientras pasaba frente a la puerta de la habitación que ocupaba Ricino, lo vio trasladarse de la cama hasta el ropero sin ningún asomo de la cojera que había exhibido las pocas veces que abandonara la posición horizontal. Sam estaba ensimismado, así que no fue hasta después de llegar al comedor y sentarse que cayó en la cuenta de lo que acababa de ver. Furibundo volvió sobre sus pasos, entró en el cuarto, y sin preámbulos le dijo:

–¡Eres una desgracia! Debería darte vergüenza andar molestando a todo el mundo mientras los demás trabajamos. ¿Crees que se me escapan tus estratagemas para holgazanear? Sólo por respeto a tu familia es que no cojo una vara y te doy donde te duela. Espero sinceramente no tener que ver en el futuro tu cara de hortaliza mustia. Adiós.

Tan descompuesta parrafada había brotado de labios de Sam antes de que el airado hobbit pudiese dominar su lengua. Tampoco tuvo ocasión de observar el efecto en Ricino, ya que la puerta abierta del ropero le ocultaba todo el cuerpo, y terminada la diatriba Sam dio media vuelta y regresó al comedor a paso vivo.

No os será difícil imaginar la sorpresa del joven Gamyi al llegar a la mesa y ver sentado allí al mismísimo primo Ricino.

–¿Cómo? –le preguntó Sam–. ¿No te encontrabas hace un momento en tu cuarto, cuando te hablé?

–No –dijo Ricino sin mirarlo siquiera, ocupado en dar cuenta de un panecillo de queso.

–¿Y entonces, quién estaba allí?

–Cuando salí entraba Rosita para guardar ropa limpia.

Ricino suministró esta información con el desgano de quien comenta un acto completamente banal, sin darse cuenta de que un rayo acababa de fulminar a Sam.

¿Era posible que le hubiese soltado ese discurso a Rosita, y que ella lo hubiese creído dirigido a su persona? Horrorizado trató de recordar los insultos que había proferido, y lo que recordó –en especial aquello de cara de hortaliza mustia– lo hizo presa del más vivo espanto.

A los tumbos se encaminó de nuevo al malhadado cuarto. De pronto la figura de Rosita surgió en el pasillo y pasó a su lado, el rostro encendido, sin que Sam lograse decir nada. La muchacha le había echado una mirada de soslayo, dejando escapar lo que sólo podía interpretarse como una risa sarcástica. El pobre hobbit tenía un nudo en la garganta, y lo único que pudo emitir fue un gemido lastimero.

 

 

La tarde en que tuvo lista la cuerda que obsequiaría al granjero, Sam llegó a la conclusión de que quería invertir todo el dinero que cayera en sus manos en un regalo para Rosita. Sucedió que –buscando al señor Coto–dio en la despensa con las muchachas, quienes estaban allí preparando encurtidos. Rosita le preguntó por las fibras de cáñamo que llevaba en la mano, y Sam explicó que había terminado de trenzar quince varas de buena cuerda para su padre: esperaba compensar así la rotura de aquella irreemplazable guadaña enana.

–Era una buena guadaña –comentó ella– pero yo no la llamaría irreemplazable. Hace un par de días estuvimos con mamá en el mercado y hay dos viejos enanos de paso, ofreciendo muchas piezas de metal. Es verdad que cada vez nos visitan menos, pero de cuando en cuando lo hacen.

–¿Traían alhajas? –preguntó una de las amigas de Rosita, repentinamente interesada.

–¡Sí! –respondió Rosita–. ¡No sabes las cosas hermosas que tenían! Yo quedé prendada de un broche de oro, que vendían por seis piezas de plata. Era pequeñito y con forma de espiga de trigo. ¡Quién pudiera comprarlo! –Rosita suspiró–. A veces es mejor no enamorarse de cosas que no se pueden alcanzar.

La mente de Sam bulló de inmediato en torno a un plan para conseguir las seis monedas que costaba el broche y dar con los enanos antes de que abandonaran la Comarca. Las chicas se habían mostrado exaltadas ante la inminente Fiesta del Fin de la Cosecha, que se celebraría con grandes bailes y fogatas en Delagua; estaban incluso participando en su organización, y Sam intuyó que conseguir el broche a tiempo para el baile sería el mayor galardón posible para Rosita. Además, la fiesta marcaba el fin de la estadía de Sam y los demás muchachos en la granja. Era la última ocasión que le quedaba de expresarle a la muchacha lo que sentía por ella.

 –¿Así que los enanos están en el mercado de Delagua? –preguntó como al descuido, tratando de no delatar sus intenciones.

–Estaban por marcharse a El Cruce –le informó ella.

Los días siguientes trabajó con ahínco de sol a sol. Agosto avanzaba, y el día de los festejos se acercaba más rápido de lo que Sam hubiese pensado. Faltando tan sólo un par de ellos, se acercó al Granjero Coto y lo consultó sobre la posibilidad de obtener su paga por adelantado y tomarse la jornada siguiente libre. La suma acordada por todo el trabajo era de cuatro piezas de plata, y pensaba conseguir prestadas las restantes dos de su hermano mayor o su padre. Pero el granjero le allanó el camino diciéndole:

–Por supuesto que puedes tomarte el día, y te daré tu paga hoy mismo. Pero no serán cuatro monedas, sino seis, ya que has hecho un gran trabajo.

La mañana siguiente en el desayuno se encontró con el primo Ricino, que aparentemente se había recuperado por completo de su herida.

–Veo que estás mejor –le dijo Sam, en lo más parecido a un comentario gentil que pudo articular.

–Así es –dijo el otro–. Por fortuna para las chicas, llego en perfectas condiciones a la fiesta. Se han pasado el día preguntándome si iría o no, y me han confesado que sin mí no hubiese sido lo mismo. Por más que los demás se esfuercen, siempre acaparo la atención en los bailes; no sé por qué será. Pero aunque parta más de un corazón, pienso bailar toda la noche con una señorita que yo me sé, y si las cosas van como creo, hacerle una declaración de suma importancia.

Sam no se dejó desanimar. Abandonó la mesa y se dio prisa en salir. Debía marchar a El Cruce y volver en el día si quería dar buen fin a su plan.

–¿A dónde vas? –le preguntó Alegre.

Sam le contó someramente su intención, sin mencionar a la beneficiaria de la compra.

–Yo que tú intentaría estar de regreso antes de las siete –le aconsejó Alegre–. Recuerda que hoy es el día de las solicitudes de cortesía, en la plaza de Delagua.

–¿Las solicitudes de cortesía?

–Sí, para el baile. No querrás quedarte sin compañera, ¿no?

–¿A las siete?

–En la plaza de Delagua.

–¿Para la Fiesta del Fin de la Cosecha?

–¿Dónde has estado viviendo, Sam? Pues claro que para la Fiesta del Fin de la Cosecha.

–Adiós, Alegre. No puedo perder un minuto más.

Tenía la horrible sospecha de que el primo Ricino solicitaría a Rosita como compañera en la fiesta, y que intentaría retenerla toda la noche. La única (y bastante remota) posibilidad que le quedaba a Sam para contrarrestar la evidente simpatía que le despertaba Ricino a Rosita, y a la vez borrar la antipatía que le había cobrado a él, era conseguir aquella espiga de oro de los enanos y volver a tiempo para las solicitudes.

En La Mata de Hiedra se hizo de un pony y lo condujo al trote largo por el Camino del Este rumbo a El Cruce, tras haberse provisto de víveres para la jornada.

Llegó a destino bien pasado el horario del segundo desayuno, y se dirigió directamente a la plaza del mercado. Allí recibió una amarga noticia: los orfebres enanos habían levantado campamento aquella mañana y seguido su ruta hacia el Oeste. Probablemente pararían en Cavada Grande. Y Cavada Grande significaba más de quince horas de viaje adicionales.

No lo pensó dos veces. Si el broche estaba en Cavada Grande, a Cavada Grande iría él, aunque no llegara a tiempo para las solicitudes, aunque Ricino se quedara con Rosita, aunque ella no pusiera nunca los ojos en Sam. Desvanecida toda esperanza, sólo lo impulsaba la idea fija de que la joven poseyera aquella agujilla, y su propia persona lo tenía sin cuidado. Ni siquiera se detuvo a almorzar: sacó algo de pan y queso de su alforja y montado como estaba dio cuenta de ellos mientras azuzaba al pony.

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Sin embargo, la agotada bestezuela se negó muy pronto a seguir, y Sam debió desandar camino para dejarla en la posada de El Cruce y seguir a pie.

El Camino del Este atraviesa muy pocos poblados en ese tramo, y durante la siesta de un día de verano lo más probable es que uno no llegue a cruzarse con otros viajeros. Así le ocurrió a Sam. Surcó la silenciosa campiña en completa soledad. La tarde era sofocante, y muy pronto el cielo se cargó de espesas nubes negras. El muchacho aguzaba todo el tiempo la vista en busca de las anheladas siluetas de los enanos, pero las ondulaciones del terreno le impedían ver mucho más allá: cada loma traía consigo la renovada ilusión de verlos.

¿Cuán rápido podían caminar dos ancianos? ¿Andarían con un carromato cargado de bártulos? A pesar del cansancio, Sam no aminoraba el paso, en la esperanza de interceptarlos antes de que las distancias recorridas se hicieran enormes.

Las horas pasaron, y los nubarrones finalmente rompieron en lluvia torrencial. Sam quedó calado hasta los huesos, pero ni aun así detuvo su andar. Y cuando el cielo se aclaró, una visión esperanzadora se presentó a sus ojos: a una milla de distancia se dibujaba lo que parecía ser la silueta de un carro en el medio del camino.

Se apresuró en darle alcance, y para regocijo de su atribulado corazón, comprobó que en efecto, se trataba de los enanos.

Sam se encontraba en un estado que movía a compasión. Desfalleciente, exhalando vapor por todo el cuerpo, cubierto de barro, y con los cabellos chorreando agua, componía una figura ruinosa. Su única posesión eran las seis monedas de plata que aferraba con fuerza en la mano. Si hubiese encontrado que los de la carreta no eran los orfebres, probablemente habría abandonado todo, tendiéndose en el suelo. Pero la fortuna quiso que sí lo fueran, y el corazón se le alegró definitivamente al enterarse de que la codiciada pieza –una fruslería a sus ojos– estaba aún a la venta.

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–Su precio es de seis piezas de plata y ocho peniques –declaró el más viejo de ellos.

–¿Ocho peniques? Sólo me habían hablado de las seis piezas de plata. ¿Habrá algún error?

–Cuando un enano estipula un precio, señor Mediano, tú y el mundo pueden estar seguros de que no hay errores. Los ocho peniques son por el estuche.

Se trataba de un pequeño estuche de madera labrada, muy hermoso, pero Sam no pudo comprarlo, y debió rogar un buen rato para que el enano accediera a venderle sólo el broche. Tal vez el aspecto miserable de Sam lo moviera a compasión; aunque si así fue, no lo manifestó.

Eran las cuatro de la tarde y había que volver a Delagua. Sam emprendió el camino de regreso con el broche en el bolsillo, sabiendo que tenía otras diez horas de viaje y que llegaría cuando todos estuvieran dormidos, soñando con las parejas que habían conseguido para el baile.

 

 

En efecto, arribó a la granja de Coto en mitad de la noche. El cielo lucía diáfano y cubierto de estrellas, pero Sam no tenía ánimo para levantar la cabeza y admirarlo. Todo callaba en la granja. Con sus últimas fuerzas Sam asió el pomo de la puerta de entrada y descubrió que tenía puesta la tranca, como era natural. Enseguida comprendió que le sería imposible entrar, y consideró inapropiado despertar a los de adentro para que le abrieran.

Deambuló por las inmediaciones, y al ver despejado el acceso al granero, que se trancaba desde fuera, abrió la puerta y se dejó caer en su interior, sobre un inmenso montón de heno. No había su cuerpo terminado de hundirse en él cuando ya viajaba, vencido, en brazos del sueño.

Un haz de luz lo golpeó en la cara a la mañana siguiente, despertándolo. La señora Coto, que venía a ordeñar las vacas, acababa de abrir la puerta. Cuando la pobre mujer vio a Sam emergiendo de un salto de la parva, cubierto de briznas y con más traza de espectro que de hobbit, lanzó un alarido y dejó caer el cubo que traía en sus manos.

–Soy yo, señora Coto: Sam Gamyi. No tema.

Pero ya era tarde, porque la esposa del granjero se había desmayado. La señora Coto era una mujer fuerte y acostumbrada a lidiar con las faenas de la granja, pero aquella visión repentina había sido demasiado para su ánimo.

Sam la tomó en brazos y la condujo a las casas ante el asombro de los presentes que se agolparon en torno suyo.

–¿Qué ha sucedido con mamá? –preguntó Rosita alarmada.

–La asusté –musitó Sam– y se desmayó.

La señora Coto volvía en sí.

–No entiendo –exclamó el granjero–. ¿Para qué la has asustado?

–Ya estoy bien, ya estoy bien –decía la señora–. Suéltame, muchacho.

–¿Qué ha pasado? –preguntaban los curiosos.

–Gamyi ha querido gastarle una broma a la señora Coto y casi la mata de espanto –explicaban otros.

–No fue mi intención, no fue mi intención –dijo al fin Sam, pero el grupo se había diluido y se encontró hablando solo.

–Sam, mi viejo alcornoque, estás hecho un esperpento –le dijo Tom Coto poniéndole una mano sobre el hombro–. Ven, que empieza la siega de las últimas espigas.

Todos se trasladaron al extremo sur de la plantación de trigo, donde sólo quedaba sin cosechar un puñado de tallos. Eran los reservados para el tradicional final de la siega. El Granjero Coto se acercó con su hoz y segó con reverencia aquella mies postrimera. Los presentes estallaron en aplausos, mientras Coto recogía las espigas y se las entregaba a su esposa. La señora Coto dividió el haz en dos, le pasó uno a su hija y ató con una cinta roja el suyo, para luego decir:

–Con estas espigas trenzaré la muñeca que nos acompañará hasta la próxima cosecha.

La sencilla ceremonia debía concluir con la coronación de la muchacha más joven de la casa con una guirnalda hecha de espigas. Para disgusto de Sam, fue el primo Ricino quien se acercó a trenzarla. Lo hizo con manos hábiles, y la colocó en la cabeza de Rosita, agregando inopinadamente este recitado:

 

Era Mee, la Princesa,

adorable y pequeña;

así lo cantaban los elfos.

Su cabello adornaba

con perlas engarzadas;

de oro y fina seda, un pañuelo

lucía en la cabeza,

y una trenza de estrellas

plateadas su cuello envolvía.

 

Todos festejaron mucho la galantería de esos versos, salvo Sam que los consideró completamente fuera de lugar.

Luego, entonando viejas canciones de cosecha, el grupo volvió a casa encolumnado detrás de Rosita y sus padres.

Para sorpresa de Sam, que cerraba la marcha, la muchacha se acercó a él cuando se desconcentraban.

–¿Vendrás a la fiesta? –le preguntó–. Las muchachas no te vieron anoche.

Sam tardó un momento en recobrar el aliento y dominar la vergüenza que le causaba su aspecto desaseado.

–Sí, sí, iré. No he podido asistir anoche…

–Nos vemos, entonces. Ricino será mi compañero, pero tal vez podamos bailar alguna pieza, si quieres.

–Sor pu-puesto… –barboteó Sam, confundido–. Quiero decir, por supuesto. Me encantaría, es a lo que me refiero.

–Hasta luego, entonces –le sonrió ella, alejándose tan repentinamente como había aparecido.

–Tengo algo que quiero obsequiarte… –comenzó a decir Sam, pero demasiado tarde. Ella ya estaba lejos, y además –se dijo Sam– tal vez fuese mejor así. Sus manos estaban tan sucias que habría sido un despropósito entregarle el regalo en esas condiciones. Tenía toda la tarde para asearse y buscar el momento propicio de darle la espiguilla a Rosita.

El resto del día se pasó en los exaltados preparativos para la fiesta. Los pasillos bullían de muchachos que preparaban tinas de baño y calentaban calderos de agua, y reían y cantaban a grandes voces.

Sam anduvo muy atareado tratando de reservarse un turno de baño, pero todo fue inútil y hubo de contentarse con el último de la tarde. Estaba tan sucio que nadie quería usar la tina después de él.

El resto del tiempo lo empleó en conseguir que le prestasen alguna ropa decente. Tom accedió a darle un par de calzones, pero sus camisas le iban demasiado estrechas, y terminó poniéndose un viejo jubón del Granjero Coto. Una vez bañado, vestido y peinado, Sam sintió que las fuerzas y el buen ánimo regresaban.

“Falta una hora para los festejos” se dijo. “Es el momento justo de ver a Rosita”.

Se palpó los calzones y no encontró el broche. “Por supuesto, cabeza de chorlito. Lo has dejado en tus calzones, no en los de Tom”.

Fue en busca de sus prendas, que había dejado hechas un bulto en el cuarto de los hijos de Coto. Pero tampoco estaba allí. Con creciente desesperación dio vuelta los bolsillos al derecho y al revés una y mil veces, revolvió el resto de la ropa que encontró en el cuarto, miró debajo de las camas. Todo fue en vano. El broche no aparecía.

–Vamos, Sam. Nos estamos marchando –le dijo Tom, asomándose.

–No puedo. He perdido algo. Id vosotros. Ya os alcanzo.

¿Dónde más podía haber extraviado la agujilla? Con ojos desorbitados e inquietos examinó todos los rincones de la casa por donde había estado.

Entonces recordó con espanto que la noche anterior se había dejado caer sobre el pajar del granero. Sin duda el broche se había deslizado fuera del pantalón mientras dormía, ya que había amanecido con la cabeza más hundida que las piernas.

Corrió hasta el granero y examinó las inmediaciones del pajar. Se trataba de una tarea desesperada: el montón de heno era inmenso, y el broche apenas del tamaño de una aguja. Pero Sam comenzó contra toda esperanza a revolver la paja, presa de un frenesí delirante, y pronto se encontró sepultado en medio de la pila, buscando a tientas.

Afuera se oían, muy débiles ya, las voces de los últimos hobbits que se marchaban rumbo a la plaza de Delagua. De pronto Sam escuchó el ruido de una puerta que se cerraba, seguido de un travesaño que la atrancaba. Al principio no reaccionó: estaba muy ocupado removiendo el heno y palpando el piso, para darse cuenta de lo que ese ruido significaba. Pero luego una terrible sospecha lo asaltó. Salió como pudo del pajar y corrió hasta la puerta del granero. La habían cerrado. Probó a empujarla con todas sus fuerzas, pero fue inútil: la puerta se atrancaba por fuera. Del otro lado reinaba un espantoso silencio. Golpeó y gritó.

–¡Abran! ¡La puerta del granero! ¡Estoy aquí! ¡Auxilio!

Nadie contestó.

Recorrió la estancia en busca de otra salida, pero pronto comprendió que no la había. La aplastante verdad se impuso al corazón de Sam: habían cerrado las puertas al marcharse, y él no podría salir de allí en toda la noche. No iría a la fiesta.

¡La Fiesta del Fin de la Cosecha! Pocas noches hay entre los hobbits tan memorables como la gran noche del antiguo año nuevo, cuando arden las fogatas y los jóvenes corazones se encuentran al influjo hechicero de la música. ¿Cuántas parejas se han formado en esa precisa noche en que el verano parece no acabar nunca? En cada familia hay una historia, y existe la creencia de que los amores que nacen en los bailes del Fin de la Cosecha son imperecederos.

Espiando por los intersticios de las paredes, Sam alcanzaba a divisar el temblor rojizo de las luces de la aldea y algún esporádico fuego de artificio que cruzaba el cielo. Mientras tanto, a sus oídos llegaban rumores de algazara y fragmentos de irreconocibles melodías.

¿Qué estaría haciendo Rosita? Desplegando sin duda su maravillosa alegría ante el envidiado Ricino. Hay sujetos que tienen toda la suerte que a uno le falta, se dijo Sam, emitiendo un prolongado suspiro.

Se recostó sobre el pajar, y pensó en el curioso destino que le negaba a la chica de sus sueños. Había desperdiciado todas las oportunidades, y las circunstancias se habían conjurado implacablemente en su contra. A la mañana siguiente regresaba a Hobbiton con las manos vacías. ¿Cómo iba a salir adelante sin Rosita? Sólo el tiempo podría decirlo.

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La señora Coto abrió puntualmente la puerta del granero al romper el alba. Esta vez no se asustó tanto de ver a Sam. A decir verdad, ya se estaba acostumbrando.

–Lo que no me explico, muchacho, es por qué te empeñas en dormir aquí. ¿Acaso no te resultan cómodos los dormitorios de la casa?

Sam masculló una explicación ininteligible y se marchó con los hombros caídos.

Una vez en la habitación de los hijos del granjero, que dormían a pierna suelta, tomó sus ropas y las cepilló, adecentándolas. Luego se las puso en cambio de las prestadas que llevaba, y se sentó en su jergón, abatido. Todo allí le hablaba de despedidas. No hizo mucho más que suspirar hasta que la casa comenzó a animarse con el quehacer matinal de los que despertaban.

De buena gana hubiese Sam ido a comer un suculento desayuno, pero prefería no encontrarse con nadie ni enterarse de lo que había ocurrido la noche anterior. De hecho, su deseo más ferviente era desaparecer de allí en ese mismo instante y aparecer en Hobbiton, ahorrándose despedidas.

El acontecimiento del día, según constató muy pronto Sam, era la marcha del primo Ricino. Las mujeres revoloteaban en torno suyo acomodando sus trastos y preparándole vituallas para el viaje, mientras el efusivo hobbit se deshacía en exagerados cumplidos hacia todo el mundo. Afuera los muchachos estaban engrasando los ejes de su carro, y se planeaba una multitudinaria despedida en la puerta cancel al borde del camino, donde Ricino prometía un conmovedor discurso para cada uno de sus parientes, y para una personita en particular.

Sam notó que nadie se acordaba de él, que también se marchaba. La cosa le provocó cierta amargura, a pesar de que un momento antes había deseado desaparecer sin ser notado. Hizo lo posible por no mezclarse con la algarabía de una despedida que le era completamente ajena. Que todos fueran a despedir a Ricino. Que Rosita vertiera lágrimas en su honor. Que se saludaran con besos y abrazos. Mejor. Él se retiraría discretamente, tal vez con una leve reverencia hacia la señora Coto y un apretón de manos al granjero, pasando a un costado del bullicio y emprendiendo el lento camino a casa en completa soledad.

Así se decía, apartado en un rincón, mientras esperaba que el gentío se trasladara al camino, como prometían. Cuando la casa quedó vacía salió sin prisa, y contempló el patio, los corrales y el granero con mirada melancólica. A pesar de todo, los días pasados allí habían tenido una intensidad que los hacía entrañables.

Vio el granero abierto y la luz del sol entrando en él, y se dijo que tal vez valiera la pena realizar un último intento. Se imaginó hallando el broche perdido y dejándoselo a Rosita en su cama, con una nota lacónica que dijese “Espero que te guste. Tu amigo Sam Gamyi”. Ella vería la nota y sin duda le preguntaría conmovida a su madre: “¿Dónde está Sam, madre?”. “Sam se ha ido”, diría la señora Coto, y tal vez agregara: “Se ha marchado solo por el sendero, mientras vosotros retozabais desatinadamente en torno del primo Ricino”. Entonces la muchacha comprendería cuánto valía Sam, y su corazón sufriría un vuelco.

Sam suspiró, conmovido él mismo con su ensoñación. Desviando la vista del espectáculo que se montaba en la entrada de la granja, desde donde le llegaba la voz del famoso Ricino llamando –cuándo no– a Rosita, entró en el granero.

Allí estaba el pajar, vasto y numeroso.

Allí estaba Sam.

En algún lado estaba la espiguilla de oro que tenía que ser de Rosita.

Comenzó a revolver la paja.

De pronto algo se movió.

Sam se detuvo. ¿Habría sido su imaginación? Continuó revolviendo. De nuevo hubo un movimiento en el pajar, como si algún animal se hubiese escondido allí y estuviese apartándose de él.

Sam fue en su busca. Se internó en la espesura, y enseguida percibió un hueco de mediano tamaño que se escurría a medida que él se acercaba. De un salto Sam se abalanzó hacia delante y atrapó un cuerpo tibio y suave que emitió un grito mientras ambos caían abrazados. Era el grito de una muchacha.

Les llevó un instante desembarazarse del heno y verse a las caras.

–¡Sam!

–¡Rosita!

De todas las sorpresas que se había llevado esos días en la granja, ésta era la mayor imaginable.

–¿Por qué te escondías? –preguntó Sam, azorado.

Rosita se sacó una brizna de la frente.

–Creí que eras Ricino.

El rostro de Sam se ensombreció. No se le había ocurrido que la chica estuviese esperando a alguien.

–Me temo que soy sólo Sam Gamyi, por desgracia.

La pena con que se expresó habría conmovido a un troll de piedra. Pero, por el contrario, Rosita se rió.

–No por desgracia, sino por suerte. Me estaba escapando de él.

–¿Lo dices en serio?

–Pues claro. ¡Qué cómico eres, Sam! ¡Las caras que pones!

Sam no pudo menos que sonreír.

–¿Te parece extraño que trate de esconderme de Ricino? –preguntó ella–. Lo he estado haciendo estos días siempre que he podido. ¿Acaso has visto un hobbit más cargoso que él?

Las palabras de la niña sonaron como música en los oídos de Sam.

–No, a decir verdad –respondió, sintiéndose cada vez más feliz–. He conocido tipos insoportables, pero él se lleva el premio.

 Ambos rieron con ganas.

Luego se hizo el silencio, y Sam, bajando la vista, agregó:

–Sin embargo… creí que vosotros érais muy buenos amigos.

–Lo somos. Pero ¿qué crees? Se le ha puesto en la cabeza que quiere casarse conmigo. Yo no tengo intenciones de pensar en esas cosas por ahora, y cuando lo haga no me fijaré en un alfeñique bueno para nada como él. Quien se case conmigo ha de estar hecho de madera bien dura: esforzado, resistente y poco amigo de las quejas.

Nada podía haberle caído mejor a Sam que aquellas palabras. Tenía confianza en que llegaría a merecerlas algún día.

–Rosita, quiero explicarte algunos malentendidos que hemos vivido. Seguramente pensarás que soy una calamidad…

–¿Qué malentendidos? –preguntó la muchacha, extrañada.

–Bien, sin duda habrás creído que lastimé a Ricino a propósito…

–Se lo tenía bien merecido, el holgazán –respondió ella, ante lo cual Sam consideró inútil agregar más explicaciones.

–Y lo que te dije el otro día, aquello de cara de hortaliza mustia

Rosita se rió con ganas.

–¡Eso fue estupendo!

–¡Pero no te lo decía a ti! –aulló Sam, desconcertado.

–¡Ya lo sé! Imaginé que tu intención era decírselo a Ricino. ¡Sam! Si no hubiese sido por esas pequeñas venganzas tuyas, que me han hecho reír tanto, no sé cómo habría aguantado al latoso de Ricino.

Sam calló, y dejó que una ancha sonrisa se le dibujara en el rostro. Era evidente que no hacían falta más aclaraciones.

–Lamento que no hayas venido anoche –dijo luego Rosita–. Te quería dar una sorpresa.

–¿Una sorpresa?

–Quería agradecerte lo mucho que nos has ayudado, y por eso te tejí un sombrero de paja.

Los ojos de Sam se nublaron de emoción.

–¿A mí? ¿Un sombrero? ¿Después que arruiné el tuyo?

–Oh, eso fue culpa del tonto de mi hermano, y me lo ha pagado comprándome otro.

–Eres muy buena –dijo Sam con un hilo de voz.

Afuera seguía el bullicio de la despedida, y parecía que Ricino insistía vanamente en llamar a Rosita. Probablemente estaría exclamando: “Ella se ha olvidado de venir a saludarme, no sé por qué será”. La felicidad que sintió Sam no parecía caber en un pecho hobbit. Tal vez hubiese un poco de orgullo entremezclado, pero era sobre todo la dicha alada y luminosa de estar allí junto a la mejor muchacha del mundo, y tenerla por primera vez para él solo.

–Yo también quería obsequiarte algo, pero lo he perdido. Me pasé la noche buscándolo, y por eso no pude ir a la fiesta.

–Oh, Sam –dijo ella enternecida, inclinando la cabeza.

Sus rostros estaban muy cerca ahora uno del otro, y de pronto Sam, como embriagado, sintió el absurdo impulso de besar a Rosita.

Inició el ademán, pero entonces su parte más sensata advirtió lo que estaba por hacer y retrocedió rápidamente, con tanta brusquedad que la chica se sobresaltó, Sam se apartó, trastabilló, y cayó sentado en el pajar.

–¡Ay! –gritó.

–¿Qué sucede?

–Me pinché –dijo, frotándose las asentaderas.

–Qué raro. ¿Con qué…

–Medio minuto, Rosita –exclamó Sam, abriendo muy grandes los ojos–. Creo que la hallé.

Y tras arrancarse algo de las partes posteriores, mostró triunfante la hermosa aguja de oro con la figura de una espiga de trigo.

Rosa Coto abrió enormes sus lindos ojos.

–¡El broche!

–Lo he comprado para ti, Rosita.

–¿Para mí? –gritó la chica, fuera de sí del júbilo–. ¡No puedo creerlo!

Afuera la reunión al fin se disgregaba, y el carro de Ricino ya traqueteaba por el camino. Todos volvían a sus cosas, reían, silbaban. Bandadas de pájaros surcaban ruidosamente el cielo. Nada de esto tenía significado para Sam. Lo más importante del mundo estaba ocurriendo en el granero. Habría soportado con gusto mil días más de trabajo duro bajo el sol con tal de vivir ese momento.

 Rosita se colgó de su cuello como una chiquilla y exclamó:

–¡Sam Gamyi! Eres uno en un millón.

Y estaba en lo cierto.

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 “Serendipity is looking in a haystack for a needle and discovering a farmer’s daughter.”

Julius Comroe

 

 

Alejandro Murgia, junio de 2008

 

Cuando este relato estuvo escrito lo sometí al escrutinio de Diego Seguí, que amablemente puso a mi disposición su lucidez como corrector de estilo y experto en Tolkien. Diego cumplió con creces mi pedido, ya que no sólo desmalezó el cuento de numerosas faltas, sino que incluso sugirió cambios argumentales que enriquecieron mucho el resultado final. A tanto asciende su influencia benéfica que no vacilaría en considerarlo coautor del relato si no fuera por su terminante negativa a figurar como tal. Me resta entonces expresarle mediante estas palabras mi agradecimiento, y desearle –según la vieja usanza– que nunca se le caiga el pelo de los pies.