El alcalde y la vaca

vaca

De los hobbits que alguna vez pisaron la Comarca, pocos hubo tan célebres y universalmente queridos como el alcalde Will Pieblanco.

El viejo Will era un individuo grueso y bonachón que, según la opinión unánime de sus vecinos, no tenía rival en el arte de meterse en líos y enredar cualquier situación en la que se involucraba. Además, toda clase de risueñas catástrofes menores lo seguían dondequiera que fuese, y con los años se había convertido en el blanco predilecto de las bromas  –por lo general inofensivas – de jóvenes hobbits mal entretenidos.

Como alcalde, su función principal era, por supuesto, presidir el banquete de Lithe en la Feria Libre de las Quebradas Blancas, pero además su vida social era sumamente activa, e incluía, por ejemplo, dar la bienvenida a nuevos pobladores que se asentasen en alguna de las Cuatro Cuadernas, provenientes de allá afuera. Y aunque esto ocurría muy rara vez, porque en aquella época la gente era más bien sedentaria y apegada a los usos locales, y no había muchos hobbits viviendo fuera de la Comarca, Pieblanco insistía en considerar la recepción por parte del alcalde uno de sus deberes sagrados. Por eso, cuando le llegó la noticia de que una familia de Bree se acababa de instalar en una granja de la aldea de Los Ranales, en feliz coincidencia con la tradicional fiesta de esa localidad, el viejo Pastelón –como lo llamaban, aunque nunca en su presencia– se aprestó a comparecer  y darles una calurosa acogida en nombre de los hobbits de la Comarca, sin dejar de aprovechar el viaje para presidir el banquete, matando dos pájaros de una pedrada, como solía decirse en ese tiempo.

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La reunión era un alegre y colorido bullicio de cubiertos y mandíbulas. Por doquier pesadas botellas de vino escanciaban su rojo contenido en sedientas copas. El alcalde Pieblanco se levantó de su silla con alguna dificultad (esos brindis preliminares lo habían achispado un tanto) y bamboleándose caminó hacia el podio. Ante el aplauso aislado de uno que otro hobbit, el viejo Will agradeció efusivamente y comenzó su discurso, prácticamente el mismo que pronunciaba todo el tiempo en cualquier homenaje.

–Doy por inaugurada la centésimo décimo tercera fiesta trimestral del panecillo de frambuesa de… –y dirigiéndose a uno de sus colaboradores, en voz baja, preguntó:

–¿Eh, Nibs, panzote, dónde rayos estamos?

–En Los Ranales –le respondió agriamente el señor Semillosa, uno de los organizadores.

–Exacto –y volvió a alzar la voz –… de Los Ranales, hermosa aldea como hay pocas. ¡Que nieve comida y llueva bebida!

Todos los presentes saludaron las palabras del alcalde con un fuerte aplauso y grandes vítores. Era lo que en verdad amaban del señor Pieblanco: no daba discursos largos o tediosos. Simplemente decía lo que tenía que decir y luego se ponía a comer. Algunos sostenían incluso que no era otra la razón por la cual una y otra vez, cada siete años, era reelegido como alcalde.

Hay quienes insinúan que en los repetidos brindis que se sucedieron a continuación en el banquete, uno por cada concursante, se puede encontrar la causa de los desafortunados  acontecimientos en que se vio envuelto el viejo Will más tarde. Es muy fácil opinar así mientras se está cómodamente sentado leyendo una historia, pero habría sido interesante cotejar el desempeño de estos mismos críticos de haberse visto precisados a trasegar, como el Alcalde lo fue por su impostergable deber de funcionario, esas barricas de vino Valle Largo, que dejan la cabeza fresca pero el corazón melancólico.

Lo cierto es que a un cierto punto de la fiesta Nibs le recordó al alcalde su proyectada visita a los nuevos granjeros del lugar, y el viejo Will se puso de pie como pudo, que fue apoyándose en la calva del señor Semillosa, a la que confundió con la cabeza de un bastón. Afortunadamente el incidente no pasó a mayores gracias a que el señor Semillosa se encontraba en un estado muy parecido al del alcalde, y en esos momentos rememoraba el día en que su abuelo lo había llevado por primera vez a pescar a la laguna de Delagua. Además, todos saben que el aire de Los Ranales, para quien no está acostumbrado a él, tiene un algo embriagador que provoca cierto mareo. El alcalde, al menos, citó esta vieja máxima y todos asintieron considerándola en extremo sabia y ajustada a la verdad.

La caminata subsiguiente trajo el beneficio de refrescar un tanto a Pieblanco y su ayudante, que charlaron de todo un poco en el trayecto, y la oportunidad de admirar los umbrosos sauces de la aldea y la rica fauna batracia de sus charcas.

–No entiendo por qué a esta gente de Bree se le ocurre venir a vivir a la Comarca –dijo en un momento dado el joven ayudante del alcalde.

–Sus razones tendrán, Nibs.

–Mi padre dice que son gente rara, allá afuera. Sería mejor que ellos se quedaran allí y nosotros aquí. Eso es lo que yo creo. ¿No le parece, alcalde?

–Mira Nibs. Aprecio a tu padre, pero no es más que un asno, y tú también. Todos nos parecemos más de lo que suponéis. Si yo tuviese que darle crédito a los recelos de la gente estrecha, debería creer que los habitantes de nuestras cuadernas pertenecen a cuatro especies distintas e irreconciliables. Verás muy pronto como estos granjeros de Bree son hobbits decentes y ordinarios como tú y yo.

–Eso espero. Será mejor que se ajusten a las leyes de la Comarca, porque de lo contrario tendremos mucho trabajo con ellos –exclamó el muchacho, ajustándose el cinturón en un gesto recio.

–El trabajo lo tendré yo para meter algo a los garrotazos en tu impenetrable cabeza, pedazo de palurdo. Hazme el favor de no decir más sandeces, sobre todo delante de los nuevos vecinos. Recuerda que las usanzas de cada cual son sagradas, y que la casa de un hobbit es su reino, como reza la vieja máxima. No estamos aquí para enseñarle las leyes a nadie, sino para servir a todos.

–Como usted diga, alcalde. Como usted diga.

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–Este lugar me trae muchos recuerdos –dijo a su ayudante el viejo Will, melancólico, ante la puerta cancel de la granja donde se habían detenido–. Aquí vivían los Rizopardo, y la señorita Caléndula Rizopardo solía enseñarnos a leer y escribir a los niños, cuando terminaba la cosecha. Mis padres me enviaban con mi trajinado costal y aquí me quedaba dos meses, aprendiendo, intentando introducir alguna cultura en esta cabeza de alcornoque –Will dejó escapar un suspiro–. Ah, la señorita Caléndula… ¡Qué nostalgia!

No hubo oportunidad de seguir desempolvando memorias porque ya se acercaba un corpulento hobbit de tupidas cejas negras.

–Buenos días –saludo el granjero, dudando si abrir o no el portón.

–Encantadísmo –exclamó Pieblanco ensayando una cortés reverencia–. ¿El señor Cuevas, me imagino, nuevo propietario de la granja? Soy Will Pieblanco.

–Ah, qué bien. ¿Cómo está usted, señor Pietranco?

–No, no –corrigió el viejo Will–: Pieblanco. ¿Es que no ha oído mi nombre aún? Soy, podríamos decirlo, la autoridad máxima del lugar.

–¿Es acaso usted el Tuk, o algo así?

–Bueno, sí, algo así –respondió Pieblanco un tanto desilusionado–. Soy el Alcalde de Cavada Grande, y éste es mi ayudante Nibs.

–¿El alcalde? Pasad, pasad –indicó Cuevas, abriendo la puerta. A primera vista el granjero parecía parco o cohibido, pero en realidad Pieblanco no lo notó, pues apenas franqueada la verja se entregó a una profusa charla.

–Señor Cuevas, bienvenido a la Comarca, y que las bellotas crezcan como setas, como decimos aquí. Tengo entendido que viene de Bree, me imagino que será un viaje agotador y lleno de peligros el que ha enfrentado.

–Bueno, no crea…

–¿Sabe usted? En esta granja que ha comprado he pasado muchos momentos felices de mi infancia –siguió el alcalde, haciendo caso omiso de su interlocutor–. No es que yo sea de por aquí, no. Los Pieblanco provenimos de Cavada Grande, una localidad en extremo bella, que usted debe visitar. Algo apartada, es verdad; si no me equivoco, han de ser unas veinte leguas por el Camino del Oeste, pero vale la pena el viaje, sí señor.

Al tiempo que Pieblanco decía esto, los tres hobbits avanzaban sin prisa por el sendero que llevaba a la casa, rodeado de árboles centenarios que el alcalde recordaba muy bien, y graciosos canteros de florecillas, ahora un tanto abandonadas.

–¿Y cómo fue –preguntó el viejo Will de pronto– que decidió dejar todo y venirse a la Comarca, señor Cuevas?

La pregunta tomó al granjero desprevenido. Su reacción fue bastante hosca.

–¿Eh? Pues… Nada importante. Desavenencias domésticas. Usted sabe, la familia política.

La escueta respuesta de Cuevas no daba mucho a entender, pero bastó para que Pieblanco prorrumpiera en otra efusiva parrafada.

–¡La familia política! Con eso está todo dicho, mi estimado amigo. ¡Díganmelo si no a mi, que debo sufrir constantemente al cargante de mi cuñado, maese perfecto, como yo lo llamo! No sólo eso, sino que todo el tiempo mi mujer está comparándome con él, comparación de la que nunca salgo bien parado, como usted se imaginará, dado que una persona de carne y hueso dudosamente pueda compararse a un saco de aire.

La declaración de Pieblanco tuvo un efecto extraordinario sobre el granjero. Se detuvo en seco, y tomando de los hombros al alcalde, confesó con voz trémula:

–Mi problema también es con mi cuñado.

Ambos callaron por un momento, pero fue un silencio lleno de contenido. Cuando reanudaron la marcha, Cuevas y Pieblanco se sentían dos almas gemelas hermanadas por la desgracia.

–Pero en mi caso –dijo al fin el granjero, dispuesto a desatar un torrente de revelaciones–, lo que ya no puedo soportar, lo que me ha sacado de quicio y llevado a las decisiones más extremas, es su condenado sentimentalismo.

–¿Sentimentalismo? –preguntó el viejo Will, asombrado.

–Sí. Sé que resulta un poco extraño, pero esa es la verdad. Si usted supiera, mi querido amigo, la cantidad de emprendimientos familiares que han terminado en el más absoluto desastre por culpa de mi cuñado... Es un hombre imposible: simplemente se encariña demasiado. Debí haber escarmentado tras la malograda aventura del criadero de perros, lo sé; uno puede entender que se le tome afecto a los cachorros, pero ¡de allí a negarse a venderlos! Mi mujer, empero, me convenció, y nos dedicamos entonces a los ponis. Usted sabe, hay un buen campo de acción abasteciendo a las postas y posadas de Bree y Entibo; son caminos muy transitados y la demanda de cabalgaduras siempre es alta. ¿Puede usted creer, señor alcalde, que nuevamente se encariñó con esas bestezuelas, y llegado el momento, luego de tres años de duro esfuerzo e inversiones, me suplicó que no los vendiésemos?  A esa altura ya estábamos en la bancarrota, todos los bienes familiares dilapidados y mi único deseo fue poner distancia entre mi cuñado y yo para evitar la tentación de asir su garganta y estrangularlo con sus malditos perros y ponis

Tras esta última imprecación Cuevas hizo una pausa para tomar aliento y observar la reacción de Pieblanco. Pero lo cierto es que el alcalde hacía rato que no le prestaba atención: había divisado a un costado del camino la silueta de una higuera inconfundible ¡La higuera del columpio, que hiciera la delicia de tantas tardes de su infancia! Allí estaba, muda en un rincón, y aún colgaba de su raída soga la corteza cóncava que oficiaba de balancín, inmóvil bajo los pastizales crecidos. Pieblanco se había transportado nuevamente a aquellas doradas horas, y poco le hubiese sorprendido ver venir desde la casa un tropel de niños, o a la mismísima señorita Rizopardo trayendo un pastel de manzanas.

Sin embargo, un minuto después tuvo motivos para creer que quizá se había excedido un poco con la bebida en la fiesta, ya que efectivamente vio aparecer a contraluz desde la casa la figura de una inolvidable viejecita, y lo que llevaba en la mano no era otra cosa que un perfumado pastel de manzanas.

–¡Señorita Caléndula! –exclamó alborozado, con un hilo de voz, corriendo hacia ella.

De pronto la voz del granjero Cuevas lo trajo violentamente a la realidad

–Alcalde Pieblanco, le presento a mi suegra, la señora Petunia Pastizales, de Entibo.

–¿Eh?.. oh... ¿cómo?... –farfulló el viejo Pastelón, confundido–. Quiero decir, encantado de conocerla, señora Petunia.

–Imagino que se quedará a tomar el té con nosotros, señor alcalde. –dijo ella, y su delicada voz sonó tan parecida a la de la señorita Caléndula que el alcalde se quedó sin aliento.

–Por supuesto, por supuesto –respondió cuando recobró el habla–. ¡Qué hobbit podría resistirse al aroma de ese pastel, mi querida señora!

Pero ¡claro! No podía ser. ¡Cómo voy a confundirme así! se dijo Pieblanco sorprendidísimo. La Señorita Caléndula había muerto hacía muchos años, y él no era más que un viejo tonto.

Aún así, el alcalde sintió un súbito y definitivo afecto por la suegra del granjero. No sería la señorita Caléndula, pero para el caso daba lo mismo: era una anciana encantadora que preparaba pasteles y vivía en aquella misma granja, y él sentía el irrefrenable impulso de protegerla y expresarle así la gratitud que su alma de niño albergaba por todas las viejecitas del mundo.

–Pase, pase, alcalde –estaba diciendo, entretanto, el señor Cuevas, invitándolo a entrar en la casa–. Querida, el señor Pieblanco, alcalde de la Comarca. Alcalde, la señora Cuevas y nuestra hija, Gardenia.

Las dos hobbits, que se hallaban sentadas a la mesa ocupadas al parecer en el bordado de unos bonitos cortinados nuevos, se pusieron de pie y saludaron con una simpática reverencia al alcalde y su ayudante. Éste último no dejó de observar la gracia con la que unos primorosos bucles castaños caían sobre la frente de la hija de Cuevas, una criatura realmente adorable y en la flor de la edad.

–Bien, hemos sido todos presentados –exclamó el granjero–. Sólo faltan mis cuatro hijos varones, Torno, Fondo, Mondo y Rogo, que quedaron en Bree para encargarse de los últimos detalles de la mudanza y estén tal vez aquí esta noche o mañana por la mañana. Son cuatro mozalbetes corpulentos y sensatos, señor alcalde: los colaboradores ideales que todo padre quisiera para su granja.

–No lo dudo –dijo Pieblanco, mientras contemplaba embargado por la melancolía aquella sala que le había parecido inmensa en su infancia y ahora lucía tan humilde y pequeña.

–¿Por qué no acompañas al alcalde a ver la granja, Escarbo, mientras Gardenia, mamá y yo preparamos el té –sugirió la señora Cuevas a su marido.

–Bien, pero Nibs se quedará a ayudar a las señoras –exclamó Pieblanco.

–No es necesario....

–¡Faltaba más! –terció Nibs, que veía con excelentes ojos la perspectiva de quedarse junto a Gardenia.

Un clima de general simpatía se adueñó de la escena, y el granjero Cuevas sonrió satisfecho.

–Querido amigo –le dijo aparte al viejo Will, mientras lo conducía del brazo rumbo a la puerta posterior–. No sabe usted cuánto celebro que haya venido a visitarnos, y que nos entendamos tan bien. Esto será muy positivo para nosotros. He de confesarle que mi familia sentía cierto recelo de venir a la Comarca. Usted sabe, por las extrañas costumbres que se les endilgan, y todas esas habladurías. Pero ¿acaso no somos todos hobbits?

–Es lo que siempre le digo a Nibs, mi estimado Cuevas.

–Por favor, llámeme Escarbo.

–Perfectamente, querido Escarbo. Y llámeme usted Will.

–Con sumo placer –dijo el granjero, abriendo la puerta–. Hágame el honor de pasar al huerto, Will.

____

Fue así como Will Pieblanco se vio de pronto en la granja y tuvo su primer encuentro con Cándida, la vaca. No es que fuese un encuentro crucial en la vida del alcalde; por el contrario, estaba tan distraído que apenas recordaba luego haber visto una vaca. ¿Había una vaca en la granja de Cuevas? Yo no la vi, solía confesar cada vez que le mencionaban el asunto.

Lo cierto es que el granjero le había estado mostrando el huerto, el chiquero, el estanque de los patos, y el corral donde pastaba Cándida, mientras Pieblanco lo seguía ensimismado, emitiendo de cuando en cuando algún suspiro y reflexionando sobre su reciente descubrimiento de que quienes daban un sentido al mundo y a la vida eran las abuelitas. La suegra de Cuevas, por ejemplo, ¡qué dulzura había en sus ojos, cómo debían quererla sus nietos! A la vaca no la vio, y cuando Cuevas señaló que La pobre está muy viejita, y francamente no sabemos qué hacer con ella. Me da pena porque Gardenita se ha encariñado, pero ya no sirve ni para empujar un arado, Pieblanco sintió un horrible estremecimiento.

¿Qué era lo que estaba diciendo ese individuo atroz? ¿Se quejaba de que la pobre viejecita no podía empujar el arado?  Pieblanco estaba tan confundido que se detuvo en seco, sin aliento, incapaz de decir nada. La cabeza de daba vueltas de forma muy molesta, y las piernas le flaqueaban.

–¿Le pasa algo, Will ?

–Eh, no, nada –alcanzó a farfullar Pieblanco, incapaz de abordar el tema–. Creo que será mejor que me siente.

–Entremos, entremos –se apresuró a decir Cuevas, tomándolo de los hombros.

Ya no sirve para empujar el arado. Las palabras del siniestro granjero seguían retumbando en la cabeza del viejo Will. Entonces quería decir que habían estado obligando a la pobre abuelita a empujar el arado, tal vez durante incontables años, bajo el sol calcinante del verano y la impiadosa escarcha del invierno. Y que esa mirada bondadosa de la viejita, que él había tomado por un rasgo de serena dulzura, era en realidad una súplica, ¡un llamado desesperado en la angustia de la noche!

El pobre Pieblanco no sabía qué hacer. Su respeto al derecho consuetudinario le indicaba que cada cual era dueño de imponer en su casa sus propias reglas. Le habían llegado rumores de que la gente de Bree era algo ruda y hecha a los trabajos más rigurosos, pero jamás había imaginado que pudiesen llegar a tanto. ¿Cómo actuar?

No pudo preguntárselo con más detenimiento porque ya estaban las tres mujeres de la casa revoloteando en torno a él y colmándolo de atenciones. Siéntese, alcalde, decían, o Deje que le refresque la frente, y Respire hondo, ¿está usted bien?

–Estoy bien, señoras mías, muchas gracias –balbuceó el viejo Will.

Esto las llenó de regocijo, y tras verificar que el señor alcalde estaba de buen ánimo para merendar, en un instante desplegaron sobre la mesa la rica parafernalia de una sesión de té hobbit; platitos, teteras, tazas, tazones, cucharas y cucharitas, bizcochos, tortas, servilletas, azucareras, y fuentes desfilaron en un alegre tintineo, y un momento después estaban todos sentados a la mesa conversando animadamente.

–¿Ha probado usted el té de Combe?

–¿Cómo adelantan esas cortinas?

–Alcánzame la miel, por favor.

–Parece que refrescará esta noche.

Durante un buen rato la charla se redujo a este tipo de expresiones, y el alcalde prodigó elogios a la vajilla, al té y a los bizcochos, pero pronto se sumió de nuevo en sus cavilaciones. La señora Cuevas estaba contando su visita al mercado de Los Ranales esa misma mañana, y el señor Cuevas al mismo tiempo le preguntaba a Nibs qué tal se daba la pesca en las lagunas de la Comarca, pero Pieblanco se limitaba a observar ansioso a la suegra de Cuevas y seguir todos sus movimientos.

Así pasaron los minutos, en amena familiaridad, y las tazas se llenaron una y otra vez, hasta que en un momento dado Gardenia, la hija del granjero, dijo:

–¿Quieres, Nibs, que te lleve a conocer la granja?

–Excelente idea –respondió el muchacho, y ambos se retiraron alegres de la mesa.

–¡Qué cabeza la mía! –exclamó la abuela–. He olvidado el pastel de manzanas enfriándose en la ventana. Ya vengo –y se retiró a su vez.

Apenas quedaron solos Cuevas, su señora, y Pieblanco, al rostro del alcalde se encendió.

–Estimados amigos –dijo, en voz baja–, no tengo palabras para alabar debidamente su hospitalidad y buena disposición; les agradezco el trato dispensado y les deseo un feliz futuro entre nosotros. Pero hay algo que quisiera decirles y no sé cómo empezar. He esperado que sólo nosotros estuviésemos presentes.

El alcalde se hizo un lío con la servilleta, se secó el sudor de la frente, y continuó, tratando de que sus palabras no se oyeran fuera de la habitación:

–Tengo que confesarle, Escarbo, que hace unos momentos me ha dejado usted de una pieza. Recordará que, allí afuera, hablando de esa adorable viejecita, usted observó que ya no podía empujar el arado.

–¡Ah, sí, nuestra vieja Cándida!

–Esa vieja cándida, como usted poco respetuosamente la llama –continuó mosqueado Pieblanco– es una criatura delicada, a la que jamás hubiese imaginado empujando un arado.

El granjero y su mujer se miraron sorprendidos.

–¿Delicada? Mientras tuvo fuerzas lo ha hecho muy bien.

–Oiga. Me preocupa su...

En ese momento volvía la suegra de Cuevas, y Pieblanco se detuvo abruptamente. Sin embargo, el granjero continuó hablando:

–Pero ahora está vieja e inútil, y ocupa un espacio valioso. Esa es la verdad.

El rostro del viejo Will enrojeció como una manzana madura. No sabía dónde esconderse. Con un hilo de voz imploró:

–Por favor, no hable tan alto. Podría oírlo.

El estupor ganó al señor Cuevas. Echó un vistazo a la ventana y allí estaba, a pocos metros, en el corral, la vaca mirándolos con sus cansados ojos anodinos. Cuevas se volvió al alcalde y dijo:

–¿No creerá usted que tiene el juicio suficiente para entendernos? No es más que una bestia.

Pieblanco se atragantó, comenzó a toser, y se cubrió el rostro con las manos.

–Bueno, bueno, mi estimado Will –exclamó el granjero preocupado por la reacción del alcalde y dispuesto a cambiar de tema–. Sentémonos afuera, a contemplar el atardecer y hablar de liebres perdidas. Nibs me ha dicho que la trucha abunda en el Brandivino... ¿es usted aficionado a la pesca?

____

Es opinión muy difundida entre los hobbits que los atardeceres de primavera en Los Ranales se cuentan entre los más bellos de la Comarca. A medida que el sol va ocultándose detrás de las lejanas colinas del oeste, crece entre los sauces el amistoso murmullo de grillos y ranas; mientras tanto, el aire se llena de  una fresca fragancia donde se mezcla el aroma de las charcas con el perfume nocturno de las flores del prado. En definitiva, el conjunto es sencillamente delicioso, para gozarlo en silencio tras un día de trabajo, o pasearse sin prisa entre las umbrosas arboledas de la aldea. En el caso que nos toca, dicho crepúsculo encontró a los seis habitantes de la granja de Cuevas en diversos quehaceres.

Dentro de la casa, la señora Cuevas y su madre, Petunia Pastizales, habían terminado de levantar la mesa de la merienda y vuelto al trabajo de costura de las nuevas cortinas, actividad que matizaban con inocentes cotilleos.

–Parecen simpáticos, estos colonos –había opinado la anciana.

–Sí, pero algo extraños, mamá. Hace un momento el alcalde de pronto tuvo una salida insólita que nos hizo recordar mucho al buenazo de Tom, y Escarbo estuvo a punto de estallar. Se contuvo, pero noté el temblor de sus manos crispadas.

Un gesto de preocupación se dibujó en el rostro de la señora Cuevas, recordando todo lo que su marido había sufrido por las extravagancias de su hermano.

–Esperemos que esta visita concluya bien.

En la granja, por su parte, Nibs y Gardenia conversaban con sumo deleite, mientras recorrían el huerto y apreciaban la plantación de coles y nabos, por los cuales  Nibs mostraba un repentino interés.

–Hablando de vegetales, Gardenia, en pocas semanas más será el baile anual de la cebada, en Bolgovado, muy cerca de aquí. Si quisieras asistir, yo podría acompañarte... ¿Te gustan los bailes?

–Oh, sí, me encantan. Pero no he podido asistir mucho a ellos en Bree.

–Vamos. Apuesto a que habrá habido montones de muchachos dispuestos a invitarte.

–Es posible, pero en ese caso se habrán sentido intimidados por mis hermanos. Tengo cuatro hermanos que se dedican a desalentar a cualquiera que pretenda acercárseme. Creen que es su deber. Resulta muy aburrido, pero ¿qué puedo hacer? Lo malo es que suelen ser rudos.

–Que tengan cuidado en la Comarca –exclamó Nibs un tanto fastidiado–. El alcalde y yo solemos ser severos con los tipos rudos. Hay una ley que cumplir ¿sabes?,  y los cuerpos de vigilancia no podemos tener demasiadas contemplaciones –agregó en un tono con el cual parecía sugerir que se había pasado los últimos meses poniendo en su lugar a peligrosos delincuentes, aunque en honor a la verdad, su único acto de servicio había sido buscar al perrito extraviado de los Tuk.

El tercer grupo, por último, lo constituían el grajero Cuevas y el alcalde Pieblanco, que se habían sentado en el jardín delantero y fumaban sus pipas mientras intercambiaban datos sobre truchas, faisanes y variedades de tabaco. A decir verdad, el alcalde intervenía poco, y el granjero procuraba llenar todos los silencios, tal vez temiendo que la charla naufragara o derivase por derroteros inapropiados.

–Está oscureciendo: salen las luciérnagas. Será mejor que nos marchemos –había dicho el viejo Will.

–¡No pensará viajar de noche! –exclamó el granjero–. Por lo que me acaba de decir, es un largo camino hasta Cavada Grande, y usted ha de estar rendido de cansancio. No, no, no. Se quedarán a cenar y dormir aquí.

–Pero...

–¡Está decidido! –y dicho esto, ambos se levantaron de sus sillones y entraron.

––––––––––

–Querida, el alcalde y su ayudante cenan y duermen en casa.

–Magnífico –dijo la señora Cuevas.

–De veras, no quisiera importunarlos... –rogó Pieblanco.

–No es ninguna molestia –aseguró ella–. Ocuparán el dormitorio grande, Gardenia se trasladará a la habitación pequeña, y nosotros a la del fondo.

El alcalde notó preocupado que no mencionaban a la suegra de Cuevas, y temió que por su culpa le estuviesen asignando un lugar incómodo.

–¿Y ella? –preguntó tímidamente, señalando la ventana, desde donde podía divisarse a la abuela Petunia que en ese momento conducía a la vaca Cándida al establo.

–¿Ella? –exclamó con estupor el granjero. ¿Es posible, se dijo para sí, que de nuevo este extraño sujeto se esté preocupando por la vaca? ¿Qué chifladura es la que tienen estos colonos? Pero haciendo un esfuerzo de voluntad, aclaró amablemente: –Ella dormirá, mi querido amigo, como siempre, en el establo.

Escuchar estas palabras y quedarse petrificado fueron, para el alcalde, una sola cosa. ¡En el establo!

–Gardenia, querida, haz el favor de encender la lámpara, y ayúdame a traer la comida. –decía la señora Cuevas, y nuevamente la sala bullía con los preparativos de la cena, pero Pieblanco veía pasar aquel alboroto en torno a él sin poder salir de su estado.

–Siéntese aquí, alcalde –le decían, y el viejo Pastelón obedecía como un troll narcotizado–. ¿Quiere ensalada? ¿Tarta de queso?

–Nibs, ¿podrías traer la botella de vino?

–¡En un tris! ¡Aquí está!

–Hola, abuela, siéntate a mi lado.

–¡Estupendos buñuelos!

El alcalde era conocido por su buen apetito, y en ocasiones normales hubiese participado alegremente de ese último festín del día, ya que el estómago hobbit siempre tiene rincones extra para un bocadillo más, pero esta vez sentía un nudo en la garganta, y se limitaba a permanecer con la vista fija en un punto indeterminado entre el tenedor y la botella de vino, mientras los demás masticaban y conversaban y reían.

–¿Y cómo es eso... –preguntaba Nibs a la concurrencia, olvidada ya su natural timidez–  de habitar entre Gente Grande?

–Así vivimos en Bree desde tiempos inmemoriales –señaló el granjero–. Y en prefecta armonía, he de agregar.

–Pero son rústicos, torpes, y ruidosos, según dicen.

–Es una forma de verlo, Nibs. Ellos podrían a su vez decir que nosotros somos holgazanes, furtivos y misteriosos. Pero lo cierto es que cada cual tiene sus virtudes, y te aseguro que es bueno contar con un brazo capaz de cargar al hombro un cordero, y que se mantiene en pie con dos frugales comidas diarias.

–Sin embargo, me han dicho que tienen costumbres brutales...

–Pamplinas –dijo Cuevas sacudiendo la cabeza–. Fuera del tamaño, se comportan como cualquier hobbit.

–Ustedes... –terció Pieblanco con un hilo de voz, y la vista fija en el mismo punto–, ustedes no se percatan de la diferencia porque ya han adquirido sus mismos hábitos. Pero para nosotros que conservamos, si me permiten decirlo, una cultura menos salvaje, algunas de sus usanzas parecen atroces.

–¿Atroces? ¿Qué usanza le parece atroz?

–Por ejemplo –confesó el alcalde, sin poder ya contenerse– la de mandar a dormir al establo a una pobre criatura cuya única falta es la de estar entrada en años.

Los ojos de Cuevas se encendieron, y todos pudieron ver que la paciencia se le había agotado también a él.

–¿Pero qué es lo que pretende usted? ¿Que duerma en una cama?

–Naturalmente.

–¿Me lo dice en serio? –vociferó el granjero.

–Señor alcalde –terció la señora Cuevas, en un último intento desesperado por salvar la situación–. Créame que apreciamos mucho el cariño que demuestra tener por todos los seres vivos; puedo asegurarle que si mi hermano Tom estuviera presente lo abrazaría emocionado, pero debemos ser realistas: en nuestra situación, no podremos darnos por mucho tiempo el lujo de mantener una boca que no produce.

El viejo Will creyó desfallecer.

–Pero, señora Cuevas, no puedo creerlo. Que su esposo hable así, hasta he conocido casos, pero usted, ¡usted!  Le pido que recuerde aquellos años dorados en que el afecto que ella le daba era todo para usted, cuando se dormía en paz, sin miedo a soñar con los orcos, al compás de su arrullo...

La señora Cuevas lo miró confundida.

–¿Arrullo? –intervino el granjero–. Seamos razonables, alcalde, y llamemos a las cosas por su nombre: no serían más que mugidos.

–Señora Cuevas –prosiguió Pieblanco, consternado ante lo que acababa de oír pero incapaz de detenerse–. Veo que su marido se encuentra por completo embrutecido, pero apelo a usted, a su capacidad de misericordia. A usted, que en los años más tiernos se nutrió con su leche...

–Todos hemos tomado su leche –interrumpió Cuevas– y le estamos agradecidos. Pero ya no rinde; se ha secado. Entiéndalo.

Los ojos de Pieblanco parecieron salirse de sus órbitas, y el alcalde lució de pronto como si un rayo lo hubiese fulminado.

–Señores –dijo, poniéndose de pie–. El bochorno me impide mantener por más tiempo esta conversación. No sé cómo podría mirar a los ojos a algunos de los presentes sin que la vergüenza ajena me partiese el corazón.

Todos se pusieron de pie, mirándose entre desorientados y compungidos.

–Tal vez sería mejor que nos fuésemos todos a dormir –sugirió la señora Cuevas.

–Es mejor. Así lo creo –opinó el granjero.

–Alcalde, que me aspen si entiendo un adarme de lo que ha estado usted diciendo –dijo por lo bajo Nibs.

–Cállate, muchacho.

–Por favor, Gardenia. Acompaña a los caballeros a su habitación.

–Sí, mamá.

––––––––––

Poca conciencia tuvo Pieblanco de los desordenados acontecimientos que siguieron después, tal era su estado de confusión y desasosiego. La casa estaba quedando a oscuras, y la muchacha los había acompañado con un candelabro hasta su cuarto, mientras el grupo se diluía en un incómodo silencio; el alcalde había vuelto sobre sus pasos para recoger su zurrón de paseo, que había dejado olvidado en la sala, y al volver pudo comprobar, con alivio, que la suegra del granjero, finalmente, estaba preparándose para dormir en una de las habitaciones, junto a su nieta. Mi prédica no ha sido completamente en vano, se dijo el alcalde, alegrándose un poco al constatar que la pobre abuelita no dormiría en el establo. Luego vio que el granjero y su esposa se unían a ellas entrando también en la habitación, y que se entablaba un diálogo en voz baja. El viejo Will, indeciso entre quedarse en el pasillo a escuchar y meterse en su pieza, optó por lo primero.

–¿Quiere decir, papá –estaba diciendo la muchacha –que no podremos tenerla más con nosotros?

–Compréndenos, Gardenita. Su mantenimiento requiere un gasto muy grande, y la pobre va a sufrir los achaques de la edad inútilmente –le explicaba la madre.

–Entonces, ¿quiere decir...?

–... Que tendremos que sacrificarla. –completó gravemente el granjero. El alcalde, del otro lado de la puerta, sofocó un grito, y tuvo que apoyarse en la pared para no caer desmayado allí mismo.

–Oh, no, pobrecita –decía la chica, llevándose las manos a la cara. Luego Pieblanco vio que la abuela la abrazaba con indecible cariño, y que  –oír para creer – le decía:

–Ya, ya, mi niña. Tenemos que acostumbrarnos a todo, es la ley de la vida. Si tu abuelita lo comprende y lo aprueba, tú también harás lo mismo, ¿no es verdad?

Al oír estas palabras las lágrimas rodaron copiosamente por las mejillas del alcalde, y la mandíbula comenzó a temblarle de la emoción. ¡Qué gran corazón tenía esa santa mujer, que aceptaba su propia inmolación de un modo completamente desinteresado! Era más de lo que el corazón del viejo Will podía soportar. Al ver que las piernas le flaqueaban, y que la reunión se disolvería de un momento a otro, se retiró a los tumbos rumbo a su habitación.

Al entrar lo recibió una oscuridad impenetrable. Avanzó como pudo a tientas; pisó de pronto un bulto que resultó ser  –a juzgar por el aullido que se oyó – la barriga de Nibs, quien se había acostado en un jergón, y a causa del tropiezo se precipitó de bruces  hacia la cama golpeándose la cabeza contra la pared. Entonces se quedó quieto un rato, dolorido y confuso, pero sobre todo tan acongojado que quería echarse a llorar. Se desvistió como pudo e intentó arroparse con las sábanas, pero enseguida supo que no sería capaz de pegar un ojo en toda la noche.

¿Qué debía hacer? ¿Acaso podía permitir que se cometiese un asesinato dentro de su jurisdicción? El problema era que no sabía a ciencia cierta cuándo se llevaría a cabo el horrible crimen, y que la víctima lo aceptaba voluntariamente. ¡Horror! Todo parecía una espantosa pesadilla. En el silencio del cuarto lo único que interrumpía los febriles pensamientos del alcalde eran unos quejumbrosos suspiros que esporádicamente atravesaban la estancia llenándolo aún más de tristeza. Al principio el viejo Will creyó que eran suspiros propios, pero luego cayó en la cuenta de que alguien más los emitía.

–Nibs, panzote, ¿estás despierto?

–Sí, alcalde.

–¿No puedes dormir?

–Alcalde, después de que usted me pasó por encima, doy gracias de que aún pueda vivir.

–¿Es por eso que suspirabas?

–¿Suspiro yo? –respondió el muchacho, lúgubre–. Entonces no es por eso. Es por otra cosa.

 El alcalde meditó un momento y creyó adivinar las razones de su ayudante. El ignominioso trato dispensado a una venerable viejita no podía pasar desapercibido ni siquiera para un palurdo como Nibs.

–Entonces a ti también se te ha desgarrado, como a mí, el corazón, ¿eh? Es increíble, ¿no es así?

–Así es, alcalde. Increíble. Todavía estoy viendo sus ojos.

–La ternura de sus ojos... –añadió Pieblanco.

–¿Ha conocido usted jamás una mujer semejante?

–No. O mejor, sí. A la señorita Caléndula Rizopardo. Hace muchos, muchos años.

–Alcalde. Tengo que confesarle algo.

En el silencio de la noche sólo se sentían dos corazones agitados.

–Adelante, Nibs. Dilo.

–Creo que estoy enamorado.

Un aullido escapó de la boca del alcalde. Había creído que ya nada podía maravillarlo,  pero al parecer se había equivocado.

–¿Enamorado? ¿Tú? ¿De ella?

–Sí, alcalde. ¿Le sorprende?

–¿Que si me sorprende? Caracoles, qué piensas, jamás lo hubiese imaginado, pero esta noche estoy dispuesto a creer cualquier cosa. Reconozco que es adorable, pero ¿has pensado en la diferencia de edad?

–¿Diferencia de edad? Ni siquiera sé si la hay. Y en todo caso, no me importa.

–Nibs, espero que estés en tus cabales.

El muchacho respondió con otro de sus desconsolados suspiros.

Otro momento pasó en el que sólo se escucharon las cigarras allá afuera.

–Nibs, tengo entonces que decirte algo tremendo.

Una nueva pausa angustiosa recorrió la oscuridad.

–¿Tremendo?

–Tremendo: piensan asesinarla.

–¿Asesinarla? ¿Quienes?

–Ellos. Cuevas y su mujer.

–Alcalde, ¿está usted despierto?

–¿Me preguntas si estoy despierto? ¿Qué te pasa?

–Es que temo que tenga usted una pesadilla y me hable en sueños. ¿De dónde ha sacado que ellos quieren asesinarla? No puedo creerlo.

–Pues créelo, porque es verdad, lo acabo de escuchar. Nibs, tu padre tenía razón: estos hobbits de Bree no son gente decente, son salvajes enloquecidos y sanguinarios.

–¿De veras? –balbuceó Nibs.

–De veras. Escucha. Tenemos que hacer algo. No podemos permitir que lleven a cabo su siniestro plan, y ahora que me entero del lazo especial que te une a la dama, sé que puedo contar con tu ayuda.

–¿Y qué es lo que sugiere que hagamos?

–Actuar mientras hay tiempo –indicó Pieblanco. Luego se acercó a su ayudante, y bajando la voz, dijo con el tono más grave e intrigante–: Aprovechar la quietud de la noche, y raptarla.

––––––––––

Si un ave nocturna, dotada de conciencia, hubiese sobrevolado esa noche Los Ranales, se habría sorprendido probablemente de la extraña tranquilidad en que se hallaba sumida la aldea hobbit: todos dormían y el silencio reinaba a sus anchas en la oscuridad de la luna nueva. Los grillos se habían ya callado, y hasta la última rana, cansada de croar, había terminado por cerrar los ojos.

El único murmullo que hubiera podido notar esa hipotética ave, de haber poseído un oído extraordinariamente fino, habría sido el que provenía de cierto cuarto delantero de la granja del señor Cuevas. Allí, Pieblanco y Nibs delineaban en insomne conciliábulo su próximo plan de acción.

–¿Me has entendido, entonces, Nibs? Nos aseguramos de que todos estén completamente dormidos. Entonces, yo salgo y con el máximo sigilo voy a los establos en busca de un poni. Mientras tanto, tú entras en su cuarto, tratando de que nadie más te escuche, y la cargas en brazos. Si se despierta le ruegas que se tranquilice, que venimos a salvarla, que por favor no alce la voz. Nos encontramos por último en la puerta de entrada, del otro lado de la verja, listos para marcharnos a Cavada Grande.

–Perfecto, alcalde. Si usted dice que no le parecerá mal que la raptemos...

–Nibs, es un caso de vida o muerte.

–De acuerdo.

–¿Te parece que ya podemos actuar? Nos hemos demorado mucho revisando el plan, y tenemos que hacer todo antes de que amanezca.

–A juzgar por los ronquidos que se escuchan, están todos profundamente dormidos, alcalde.

–Entonces, adelante. ¡Por la Comarca!

–¡Por la Comarca!

En la oscuridad Nibs se puso de pie y salió sin hacer ruido. Pieblanco intentó hacer otro tanto; recordó que se había quitado la ropa, pero por más que tanteó desesperadamente no logró hallarla, y temeroso de incurrir en una demora fatal, decidió salir en paños menores. Al pasar por el comedor descubrió las cortinas que las mujeres estaban bordando; se envolvió en ellas a modo de precaria túnica, y salió rumbo al establo en busca del poni.

El aire frío de la noche lo hizo cobrar conciencia del acto de arrojo en que estaba envuelto, y de su extraño aspecto. Toda la historia hubiese sido difícil de explicar a un viejo amigo que eventualmente pasara por allí. Pero por fortuna, no había nadie salvo una estúpida vaca que obstaculizaba la entrada del establo. ¿O era una cerda? Pieblanco no habría sabido decirlo. Lo cierto es que le costó llegar hasta el poni, y luego tampoco se reveló tarea fácil el hacerlo salir de allí. El animal era terco y desconfiado, y se negaba a moverse una pulgada de su lugar.

–Vamos, vamos, amigo –le decía el alcalde tironeando en vano del cabezal–.Ven un poquito con el tío Will –Pero no había caso.

–¡Bruta bestia! –terminó insultándolo–. Deberían hacer mortadela contigo. Ya verás.

Y volvió sobre sus pasos, dispuesto a encontrar algún manjar en la cocina para tentar al poni.

Junto a la despensa encontró una providencial candela y un eslabón, con el que la encendió y pudo proveerse de una olorosa porción de tarta de acelga. Pero los planes cambiaron abruptamente al pasar junto al cuarto de la abuela y la nieta, y comprobar, en un rápido vistazo a la vacilante luz de la llama, que el torpe de Nibs, por algún motivo, no había cumplido su misión: allí estaba la ancianita durmiendo apaciblemente. ¿Qué podía haber pasado? ¿Tal vez su ayudante había confundido los roles y creído que le tocaba ir por el poni? En tal caso debían haberse cruzado en algún momento, inadvertidamente, en la oscuridad. ¿Qué hacer, entonces? Había que pensar con rapidez, y el viejo Pastelón se sentía en pésimas condiciones para hacerlo. Finalmente decidió apagar la candela, entrar en el cuarto, y llevarse a la abuela.

La cosa no fue fácil. Para empezar, la cortina en la que estaba envuelto le dejaba poca libertad de movimientos. En segundo lugar, a su edad él ya no estaba para ese tipo de proezas físicas, y los demasiados postres que en su larga vida habían contribuido a ampliar su cintura se hacían notar de un modo muy molesto en ese preciso momento. Pero lo que más inquietó al alcalde fue que apenas tuvo a la señora Petunia en sus brazos ella se despertó.

–¡Chist! ¡No tema! ¡Soy Will Pieblanco!

–¡Señor alcalde! –susurró ella–. ¡Qué sorpresa! –y afortunadamente no intentó ningún acto de resistencia física, que de haberse producido habría malogrado toda la maniobra pues el viejo Will apelaba en esos momentos al último resto de sus energías.

Por el contrario, la ancianita pasó un brazo tras el cuello del alcalde y se colgó de él colaborando de ese modo con la operación.

–¡Confíe en mí, mi estimada señora! ¡Todo estará bien! –el alcalde hubiese querido agregar algo más, pero ya no tuvo aliento para hacerlo. Aprovechando que el peso que portaba lo catapultaba hacia adelante, se arrojó a correr por el pasillo, franqueando la puerta principal, y dirigiéndose por el jardín delantero hacia la verja en una desordenada carrera hecha de jadeos y bufidos.

De pronto, en medio del jardín, el alcalde chocó contra un bulto negro.

–¡Alcalde!

–¿Nibs, eres tú?

–Sí.

–¿Y qué traes en los brazos? –Pieblanco se acercó un poco más y descubrió que se trataba de la joven Gardenia, quien parecía sumamente divertida de la situación.

–¡Buenas noches, alcalde! –lo saludó ella–. Qué simpático es todo esto. Y buenas noches, abuela.

–Pero, pedazo de alcornoque –exclamó Pieblanco haciendo rechinar los dientes–. ¡Te equivocaste de dama!

–¿Que yo me equivoqué de dama? Oiga, alcalde, siento ruidos allá afuera, será mejor que nos larguemos rápido.

Diciendo esto, Nibs encaminó sus pasos hacia la calle, sin soltar su codiciada presa. 

Pero efectivamente algo sucedía allí. Un enorme carro cargado de cosas acababa de detenerse, y la puerta cancel estaba bloqueada. En realidad, Nibs estuvo a punto de dar de narices con una sólida realidad: cuatro siluetas corpulentas se erguían amenazantes ante él.

–¡Torno, Fondo, Mondo, Rogo, hermanitos! –exclamó Gardenia –. ¿Estáis de vuelta?

––––––––––

Faltaba aún para el amanecer, pero ya una creciente claridad se extendía por el cielo y comenzaba a dibujar mejor los contornos de las cosas. Gracias a ella Nibs pudo apreciar el rostro de los cuatro hobbits, y lo que vio no le gustó. En realidad ellos lo miraban de un modo sumamente amenazador, como si estuviesen a punto de lanzarse sobre él y triturarlo en pedacitos.

–¿Qué estás haciendo con nuestra hermana? –gruñó uno, tal vez Mondo, tal vez Rogo, quién sabe; si no hubiese notado que la boca del hobbit se movía, Nibs habría jurado que el gruñido había sido emitido por un oso.

–¿Yo, con su hermana? –repitió estúpidamente–. Nada.

–Suéltala ahora mismo, miserable lagartija.

Nibs habría preferido decir algo simpático para romper el hielo y conducir la conversación hacia horizontes amistosos, pero algo  –tal vez aquello de miserable lagartija– le dijo que era mejor no intentarlo.

En ese momento se sucedieron unas cuantas cosas. Nibs soltó a la chica. Luego un puñetazo hizo impacto en su mejilla. Mientras caía, alcanzó a ver que el alcalde –ignorante de lo que sucedía– llegaba con la señora Pastizales en brazos, a una velocidad encomiable, y chocaba contra la muralla formada por los cuatro hermanos.

A partir de allí todo fue muy desordenado. Alguien lo había agarrado a Nibs del pescuezo con fines poco claros, mientras una voz gritaba ¡Abuela!, y desde la casa se escuchaba ¿Qué pasa allí afuera?

–¡Papá, mamá, vengan pronto! –gritó un vozarrón.

–¡Este tipo está envuelto en una cortina!

Las luces de la casa se encendieron, y poco después aparecieron Cuevas y su mujer.

–¡No doy crédito a mis ojos! –vociferaba el granjero–. ¿Qué es esto? ¿Qué inmunda indecencia es ésta?

–¡Mis cortinas! –exclamó la señora Cuevas.

–¡Querían raptar a Gardenia y a la abuela!

Pieblanco hizo un intento por hablar, pero le faltaba el aire en los pulmones, y finalmente desistió. Agotado, se dejó caer sentado en el césped, aún con la señora Petunia en sus brazos, amorosamente sujeta a él.

–¡Esto es el colmo! ¡Inaudito! –gritaba Cuevas echando espumarajos por la boca.

–¿Golpeamos también al viejo gordo, papá?

–¡Mamá, ven aquí de una vez! –decía la señora Cuevas, que se mantenía a distancia prudencial del obsceno espectáculo que ofrecía el alcalde en paños menores.

–Ya voy, ya voy, un poco de calma. ¡No arméis un escándalo por nada!

–¿Los echamos a patadas, papá?

–¿Descargamos las cosas del carretón, papá?

–No. No descarguéis nada. A contrario. Comenzad a cargar los muebles de la casa.

La señora Cuevas miró a su marido estupefacta.

–¿Que carguen las cosas? ¿Por qué?

–Porque nos vamos de aquí. –exclamó el granjero. –Estoy harto de esta Comarca de chiflados y seductores. Si así es el alcalde, ¡imagínate cómo será el pueblo llano! Prefiero pasarme la vida con tu hermano en Bree. Debí hacerte caso y no haberme marchado nunca de allí. ¡Andando! ¡No quiero pisar este suelo ni un minuto más!

––––––––––

El extraño incidente de los Cuevas tuvo intrigado a Los Ranales durante varios meses, y fue la comidilla de cualquier reunión.

Los detalles jamás se supieron con claridad, ya que los dos principales testigos, el alcalde Pieblanco y su ayudante Nibs, se mostraron siempre reacios a tocar el tema, y en todo caso daban versiones confusas y contradictorias. Lo concreto es que el granjero Cuevas, que aún no había terminado de instalarse en la antigua propiedad de los Rizopardo, desapareció de un día para el otro con todas sus cosas, puso la casa en venta, y nadie supo nada más de él ni de su familia. Si algún viajero curioso pasó alguna vez por Bree y se encontró con Cuevas, sólo pudo sonsacarle ininteligibles comentarios sobre una vaca, que nadie fue capaz de descifrar.

Para el alcalde Pieblanco la historia entera era un trago amargo que había que tratar de olvidar. Pero no era fácil. La imagen de Petunia Pastizales volvía una y otra vez a su memoria, y al pobre Will le afligía el incierto porvenir de la ancianita. Por eso, es fácil imaginar la enorme dicha que le produjo recibir en la Alcaldía, varios meses después, una carta firmada nada menos que por ella misma. Tan nervioso y cohibido se puso, que fue incapaz de leerla, y se conformó con saber que la pobrecita estaba viva. La que sí encontró y leyó la carta fue la mujer de Pieblanco, y más le hubiese convenido al alcalde que no lo hiciera. Resultó que en la misiva la suegra de Cuevas rememoraba con lujo de detalles aquel impetuoso rapto, en que el alcalde había hecho gala, según ella, de volcánica pasión y ternura incalculable. Terminaba agradeciéndole su intervención, ya que había posibilitado que la familia se reuniese nuevamente en el hogar ancestral del que no debían haberse alejado; pero lamentablemente Pieblanco no se enteró nunca de estas cosas, ya que su esposa, furiosa, rompió la carta y se limitó a buscarlo y darle un fuerte coscorrón sin darle ninguna explicación.

Por su parte, Nibs olvidó pronto a Gardenia. Era una muchacha estupenda, pero francamente la presencia de esos cuatro hermanos ensombrecían el panorama en torno, y el recuerdo de los golpes recibidos enfriaron toda pasión. Como le dijo su padre cuando oyó la historia, Esos tipos de afuera son raros y lo mejor es no mezclarse con ellos. Y con respecto a Will: es un buen amigo, pero créeme: no darás un paso a su lado sin meterte en líos.

Alejandro Murgia